(Octubre, 2021)
Aquella tarde. Aquel silencio que nos acompañó durante todo el viaje y que resonaba en nuestros corazones como una tormenta de vida. Aquella tarde, hace hoy diez años, es un lienzo vívido que me abraza cada minuto, con fuerza y ternura, con la certeza del final tan cercano a pesar de quererlo lejos, muy lejos.
Cada vez que he abierto las páginas de tu ausencia nos ha acompañado el mismo sol. La misma brisa, la misma luz. Cada vez es siempre. Cada vez que es hoy nos ilumina la lealtad infinita, la honestidad del amigo que no abandona y siempre al calor de tu voz, asida al futuro, a la alegría de vivir que nos transmitiste como un tesoro de horizonte alcanzable.
Hoy, Juan, nos pide el mar amado un encuentro en la cumbre de sus olas. Hoy me dejo llevar por la marea de tu mirada, la que se quedó en el Mediterráneo en el que todo es verdad. Aún recuerdo el recuerdo, la melodía de tus pasos, los que le enseñaste al xiquet en las mañanas futuro. Con él me duermo cuando no me alcanza a soñar, que es nunca porque miro a través de las orillas pintadas por tu esperanza generosa.
Siguen los mismos amores al meu costat. Sigo cuidándolos como acordamos y entonces sonrío. Sigo sonriendo como acordamos y entonces cuido el amor. Eso no cambia, Juan. Como no cambia el color del atardecer, el me acoge cuando escribo este lienzo. Y no cambia porque la dulzura de tus ojos cuando todo se apagó hizo posible que pudiéramos vencer las mil batallas que se cruzaron en nuestros senderos. Y hemos llegado hasta ti, hasta Maruja, mujer valiente que supo encontrarte antes y después, siempre y nunca.
Seguimos junto a la esperanza que sembraste. Ella nos ha acompañado como fiel aliada cuando las sombras nos cubrieron y a su amparo hemos vencido a la inquietud, a la incertidumbre. Al miedo. Cuando se volvió frágil el presente acudimos a los mensajes que arrebataron nuestros encuentros, tantas veces diagonales para luego unirse en los nudos de mil abrazos.
Y nuestra Valencia, cada vez más cerca, cada día más soñada, siempre deseada. ¿Cómo acomodaremos en las melodías que acariciabas con tu voz la ilusión de regresar a las playas de nuestra niñez? Quizás escuchando el murmullo de la brisa que baña nuestra memoria. Tal vez siguiendo la estela de nuestros corazones. Para acariciar el perfume de las flores, para adormecer el amor junto al aroma de la huerta. Para sentirnos marineros merecedores de mil viajes sin final.
Recibiremos al sol cada mañana, tenlo por seguro. Al mismo sol que tus mayores respetaron porque de él venía la vida y a él habrían de volver. El mismo sol que tu “Jaime mío” (¿te acuerdas?) busca en cada grano de arena que cubre su futuro y al que acompañas, estoy seguro, día tras día. Compartiendo eternas conversaciones, regalándole tu mirada infinita y alentando los caminos elegidos. Hace un tiempo escribí que él. como tú, “decidió elegir que la vida es elegir y que ser valiente es combatir el miedo sabiendo que nos faltan respuestas pero nunca preguntas”. Por eso, hoy, diez años después de tu último abrazo, siento en esta tarde de otoño amable que las lágrimas me necesitan más a mí que yo a ellas, pero ni las rehúyo ni las desprecio. Las amo porque me confortan. Y porque la sal que las cubre me llevan hasta nuestro mar amado. Son las embarcaciones sobre las que navegamos y que nos permiten llegar al puerto de los mil vientos.
Diez años, Juan. Y como siempre, poco antes de las Fiestas del Pilar, esas a las que ayudaste a crecer con tu contribución desde la Casa de Valencia Diez años que han transcurrido como un río cristal desde la costa al valle, desde el calle a la costa. Seguro que leerás esta carta, como todas las que te he escrito a lo largo de estos años. Y estoy seguro que sabrás que no estoy triste, que no es un lamento, sino un verso prolongado que me empeño en construir cada 4 de octubre. Para ti. Para todos los que compartís ya paisaje interminable.
Y a tu amigo, ese que tienes a tu lado y que sonríe con la piel cuarteada por la verdad de su verdad, dile que cada día escucho más nítida su voz, que cada día distingo más limpio el paisaje que habitáis. Os tengo a mi lado, en mi memoria, en el amor que nos regaláis. Te tenemos a nuestro lado, Juan querido.


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