Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de enero de 2020

Piel de olivo

Los primeros olivos dibujaban en el aire un mapa de historias que olían a perfume de recreo. Justo cuando la vía doblaba su espalda para encarar la ermita de San Lorenzo. En ese momento no podía evitar que una sonrisa me invitase a acercar mi mejila a la ventana del vagón de madera y aceite que me llevaba a Alcalá. 
   Me gustaba regresar a casa a bordo de ese tren, pero lo que más me gustaba era soñar que en el andén me esperabas tú. Te descubría envuelta en tu sonrisa y procuraba imaginar el primer abrazo. Con él,  el cosquilleo del encuentro, aunque confieso que lo que anhelaba de verdad era el paseo por la rambla del Júcar en pleno atardecer invernal. Luego, tu beso furtivo a la luz de la noche.
   Hoy, cuando acaricio mi recuerdo, me acerco a la verdad. ¿Sé que nunca hubo tren, ni regreso, ni miradas asomadas al balcón del paisaje?. ¿Sé que ese sueño, ese tren esperanza, murió antes de poder morir?.
Licencia de Creative Commons
Creado a partir de la obra en http://mequedaelmar.blogspot.com.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Voy a abrir esa noche que escribiste en tu espalda

   Voy a abrir esa noche que escribiste en tu espalda. Tuvo la culpa el olor del agua de un río que anudé a cada momento que vivimos para crecernos, cuando éramos niños que empujaban a la vida. Aquella mañana crucé la vía que partía en dos el alma de mi barrio. Lo hice para saber qué había al otro lado de las traviesas, para encontrar el perfume de una niña que me agitaba el corazón cada vez que me miraba. Vivía al final de la cuesta, en una de esas calles de Oliver que morían, todas y cada una, en el pasillo del ferrocarril que nacía en la estación del Norte. Y mi afán era espiarla, verla salir de su casa y sospechar que no era nadie para ella, aunque ella lo era todo para mí. Luego, cuando giraba su cara pecotosa y encontraba mis ojos curiosos y huérfanos, me sonreía, para romper el sendero que unía mi amor por ella con un simple encuentro.

Licencia de Creative Commons

viernes, 15 de noviembre de 2019

Pasos

   Recuerdo encontrarme mirando a través del amplio ventanal del Gran Café. Recuerdo que el Paseo de la Independencia me pareció joven y atractivo. Sentí unas calles osadas que sitúan el límite entre el miedo y el deseo como sólo el anhelo puede decidir si te amo o me desprecias. Un Paseo luminoso, con brillo de atardecer, de sol invernal que atrapa en lo que anuncia. 
   Recuerdo haber adivinado a una pareja besándose con tímida violencia, la que nos ofrece el deseo que nace. Entonces una punzada como de madera me hizo sentir otra vez la acabada fiereza de los abrazos de Javier. Fue un fogonazo, sólido, pero un golpe rojo en fin, que me dolió porque Javier, lo de Javier, no tenía que haber acabado así. Sé que todos creían en nuestro amor, porque así lo mostramos, casi exhibimos. Nuestras manos unidas construían versos en los caminos que recorríamos aquellas tardes del último verano. 
   Llegué a pensar que pasear cogidos de la mano era gesto de amor apagado, de sed calmada, nunca signo de pasión. Pero así lo viví. Lo pienso y un estremecimiento cristal recorre mi espalda. Ahora sé que un paseo siempre es la antesala del sudor compartido por el ímpetu de los besos.

lunes, 26 de agosto de 2019

Huele a viento

   La sangre acostumbra a galopar por caminos limpios y siempre abiertos. Así fue durante aquellos meses rojos que viví, recién cosidos los ochenta, en las calles que Madrid dispuso para acoger las olas nuevas de la libertad. Fueron días volcánicos en los que escribí versos vanidosos pero sinceros, dedicados siempre a las chicas que ocupaban mis sueños enfebrecidos en los que nunca vaciaba mi deseo, quizás por pudor, quizás por temor. Lo cierto es que viví en la ciudad de las noches luminosas aunque lejanas en las que el susurro de los besos añorados ocupaba el jergón de mis recuerdos.


   Crecí y maduré y una tarde encendí la llama de la memoria cuando mi padre me habló de Andrés, su padre. Me contó que era moreno de altura, bajito de mirada yfuerte de piel, que movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba lastardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Me dijo que eso le hacía dueño de una presencia ágil y estremecida y que sus manos las recordaba breves y escondidas.

   Creció en una casa grande, pobre y humillada, vaciada por la desgracia. Ahogado por la oscura desesperanza de quien no ha visto la luz de la justicia, mostró un agreste desacuerdo con su destino. Miró por última vez la llanura inacabada, la de los campos del Jiloca que parecen perfilar los cielos para dirigir nuestra fortuna gracias a los peirones, como el de Santo Domingo, el Perillán que guarda en su mirada una dulzura que le acompañaría más allá del llanto por la casa alejada.



   Marchó al país extraño, donde encontró un tajo áspero y mal pagado, pero al menos su espalda ya no tenía que sufrir el latigazo de la sospecha ni el mordisco de la amenaza. Trabajó como nadie lo había hecho antes, probablemente porque ningún hombre guardaba tanta ira en su corazón como él era capaz de acoger y enviaba acasa cada moneda fabricada con gotas de sal rabiosa. Esas gotas construyeron cada uno de los surcos que desde entonces dibujaron sus mejillas y cada una de las sonrisas apagadas que aguardaron el momento de volver a ser el mejor de los regalos para ese hijo que quedó amarrado al abrazo de la madre seca y rota. Ese hijo que ahora tenía ante mí contraído por las palabras deslumbradas que se incrustaron en mi mirada con la fuerza de la muerte: “Mi padre murió y nunca sabré dónde está su cuerpo”.


   Bebí el tiempo que me quedaba con la calma que me dio la mujer que decidí amar y los hijos que quise concebir. Sin embargo, no he conseguido encontrar las fuerzas necesarias para abrir la caja en la que guardo todas y cada de las cartas que ese hombre, cobarde y bravo a la vez, me ha ido enviando desde hace treinta años. El mismo hombre que permitió que su nombre se fundiese en las nieves invernales que cubrieron su recuerdo en las que me dice que el miedo a estar vivo le venció y que por tal temor renunció a la luz del amor.


Licencia de Creative Commons
Creado a partir de la obra en http://mequedaelmar.blogspot.com.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Perder el viento

   Andrés era moreno. Creció en aquella casa grande, pobre y humillada, vaciada por la desgracia y la huida de un padre que no supo querer lo más amado ni pudo defender lo más preciado. Ahogado por la oscura desesperanza de quien no ha visto la luz de la justicia, mostró un agreste desacuerdo con su destino y rompió la frágil caricia que le unía a su mujer, la de los labios perfilados en medio de aquella llanura inacabada. 

Licencia de Creative Commons

jueves, 29 de marzo de 2018

Moreno de altura

La sangre acostumbra a galopar por caminos limpios y siempre abiertos. Así fue durante aquellos meses rojos que viví, recién cosidos los ochenta, en las calles que Madrid dispuso para acoger las olas nuevas de la libertad. Fueron días volcánicos en los que escribí versos vanidosos pero sinceros, dedicados siempre a las chicas que ocupaban mis sueños enfebrecidos en los que nunca vaciaba mi deseo, quizás por pudor, quizás por temor. Lo cierto es que viví en la ciudad de las noches luminosas aunque lejanas en las que el susurro de los besos añorados ocupaba el jergón de mis recuerdos.
Crecí y maduré y una tarde encendí la llama de la memoria cuando mi padre me habló de Andrés, su padre. Me contó que era moreno de altura, bajito de mirada y fuerte de piel, que movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba las tardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Me dijo que eso le hacía dueño de una presencia ágil y estremecida y que sus manos las recordaba breves y escondidas.
Creció en una casa grande, pobre y humillada, vaciada por la desgracia. Ahogado por la oscura desesperanza de quien no ha visto la luz de la justicia, mostró un agreste desacuerdo con su destino. Miró por última vez la llanura inacabada, la de los campos del Jiloca que parecen perfilar los cielos para dirigir nuestra fortuna gracias a los peirones, como el de Santo Domingo, el Perillán que guarda en su mirada una dulzura que le acompañaría más allá del llanto por la casa alejada.  Marchó al país extraño, donde encontró un tajo áspero y mal pagado, pero al menos su espalda ya no tenía que sufrir el latigazo de la sospecha ni el mordisco de la amenaza. Trabajó como nadie lo había hecho antes, probablemente porque ningún hombre guardaba tanta ira en su corazón como él era capaz de acoger y enviaba a casa cada moneda fabricada con gotas de sal rabiosa. Esas gotas construyeron cada uno de los surcos que desde entonces dibujaron sus mejillas y cada una de las sonrisas apagadas que aguardaron el momento de volver a ser el mejor de los regalos para ese hijo que quedó amarrado al abrazo de la madre seca y rota. Ese hijo que ahora tenía ante mí contraído por las palabras deslumbradas que se incrustaron en mi mirada con la fuerza de la muerte: “Mi padre murió y nunca sabré dónde está su cuerpo”.
Bebí el tiempo que me quedaba con la calma que me dio la mujer que decidí amar y los hijos que quise concebir. Sin embargo, no he conseguido encontrar las fuerzas necesarias para abrir la caja en la que guardo todas y cada una de las cartas que ese hombre, cobarde y bravo a la vez, me ha ido enviando desde hace treinta años. El mismo hombre que permitió que su nombre se fundiese en las nieves invernales que cubrieron su recuerdo en las que me dice que el miedo a estar vivo le venció y que por tal temor renunció a la luz del amor.

Licencia de Creative Commons

miércoles, 14 de marzo de 2012

“El tiempo en que el Cielo se dividió” (Crónica del Real Zaragoza, 2007-2009)


Este libro es un relato de la historia reciente del Real Zaragoza. Dos años que el zaragocismo recordará para siempre. La temporada 2007-2008 conoció el descenso a la Segunda División en lo que supuso uno de los períodos más tristes y dramáticos de su Historia. La temporada 2008-2009 logró recuperar la luz y la vida con el ascenso a la Primera División.
Este libro es un diario escrito en presente en el que se narran los hechos que conforman la muerte y resurrección de un latido blanco y azul, el mismo que acoge el futuro de un sentimiento.

lunes, 21 de febrero de 2011

Donde habrá horizonte

 Su padre marchó al país extraño, donde encontró un tajo áspero y mal pagado, pero al menos su espalda ya no tenía que sufrir el latigazo de la sospecha ni el mordisco de la amenaza. Trabajó como nadie lo había hecho antes, probablemente porque ningún hombre guardaba tanta ira en su corazón como él era capaz de acoger.

Licencia de Creative Commons

sábado, 19 de febrero de 2011

Perder el viento

   Andrés era moreno. Creció en aquella casa grande, pobre y humillada, vaciada por la desgracia y la huida de un padre que no supo querer lo más amado ni pudo defender lo más preciado. Ahogado por la oscura desesperanza de quien no ha visto la luz de la justicia, mostró un agreste desacuerdo con su destino y rompió la frágil caricia que le unía a su mujer, la de los labios perfilados en medio de aquella llanura inacabada.

viernes, 18 de febrero de 2011

Madre desierto, madre

   Andrés tenía una madre. Era una mujer cuya boca se adelantaba al viento. Lo hacía con la voracidad propia del hambre del que huyó en los años de la posguerra y debió merecer un futuro más cálido. Sin embargo, los jirones de piel que la vida le obligó a dejar en cada recodo del camino acabaron por ser sus indeseados compañeros, firmes depositarios del vigor del combatiente ajeno al miedo a tener miedo.

jueves, 17 de febrero de 2011

Azar de lumbre

   Andrés era moreno de altura, bajito de mirada y fuerte de piel. Movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba las tardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Eso le hacía dueño de una presencia ágil y un tanto estremecida. Sus manos, ahora breves y escondidas, eran dueñas de una oculta sabiduría que nadie conocía pero que él convertiría con el paso de los días en un preciado tesoro, más preciado por más ignorado.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Moreno de altura

 

La sangre acostumbra a galopar por caminos limpios y siempre abiertos. Así fue durante aquellos meses rojos que viví, recién cosidos los ochenta, en las calles que Madrid dispuso para acoger las olas nuevas de la libertad. Fueron días volcánicos en los que escribí versos vanidosos pero sinceros, dedicados siempre a las chicas que ocupaban mis sueños enfebrecidos en los que nunca vaciaba mi deseo, quizás por pudor, quizás por temor. Lo cierto es que viví en la ciudad de las noches luminosas aunque lejanas en las que el susurro de los besos añorados ocupaba el jergón de mis recuerdos.

Crecí y maduré y una tarde encendí la llama de la memoria cuando mi padre me habló de Andrés, su padre. Me contó que era moreno de altura, bajito de mirada y fuerte de piel, que movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba las tardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Me dijo que eso le hacía dueño de una presencia ágil y estremecida y que sus manos las recordaba breves y escondidas.

Creció en una casa grande, pobre y humillada, vaciada por la desgracia. Ahogado por la oscura desesperanza de quien no ha visto la luz de la justicia, mostró un agreste desacuerdo con su destino. Miró por última vez la llanura inacabada, la de los campos del Jiloca que parecen perfilar los cielos para dirigir nuestra fortuna gracias a los peirones, como el de Santo Domingo, el Perillán que guarda en su mirada una dulzura que le acompañaría más allá del llanto por la casa alejada.  Marchó al país extraño, donde encontró un tajo áspero y mal pagado, pero al menos su espalda ya no tenía que sufrir el latigazo de la sospecha ni el mordisco de la amenaza. Trabajó como nadie lo había hecho antes, probablemente porque ningún hombre guardaba tanta ira en su corazón como él era capaz de acoger y enviaba a casa cada moneda fabricada con gotas de sal rabiosa. Esas gotas construyeron cada uno de los surcos que desde entonces dibujaron sus mejillas y cada una de las sonrisas apagadas que aguardaron el momento de volver a ser el mejor de los regalos para ese hijo que quedó amarrado al abrazo de la madre seca y rota. Ese hijo que ahora tenía ante mí contraído por las palabras deslumbradas que se incrustaron en mi mirada con la fuerza de la muerte: “Mi padre murió y nunca sabré dónde está su cuerpo”.

Bebí el tiempo que me quedaba con la calma que me dio la mujer que decidí amar y los hijos que quise concebir. Sin embargo, no he conseguido encontrar las fuerzas necesarias para abrir la caja en la que guardo todas y cada una de las cartas que ese hombre, cobarde y bravo a la vez, me ha ido enviando desde hace treinta años. El mismo hombre que permitió que su nombre se fundiese en las nieves invernales que cubrieron su recuerdo en las que me dice que el miedo a estar vivo le venció y que por tal temor renunció a la luz del amor.

domingo, 5 de julio de 2009

Al lado de esas traviesas

(Accésit del I Concurso de relatos "www.aupazaragoza.com")
Crecí al lado de esas traviesas. Componían la espina dorsal, que maldita la manera en que separaba el barrio en dos mantos blanco y negro, por no decir “tú de aquí, yo de allá”. Era “la vía”, a partir de la cual nacía y moría cada una de las dos formas de sentir la vida. La zona oeste se hallaba acostada en las marginales laderas de La Camisera, que era como un submundo donde pasaban cosas y vivían vidas con tormenta. Rara vez (nunca) me aventuré por sus calles, ni yo ni los chavales de mi cuadrilla, por lo que de peligro suponía hacerlo. 
Los personajes más pendencieros del barrio surgían cada noche de sus parcelas y los apellidos más ilustres del hampa local dormitaban tras las cortinas que, a modo de poderosos muros, protegían cada casa. Eran baratos mantos de tela rígida que presentaban sus respetos al paseante embozados en gruesas y veteranas manchas que nadie se preocupaba en hacer desaparecer. Alguno de esos príncipes de la tropelía acostumbraba a merodear las salidas de los colegios, como un precoz traficante de palabras prohibidas, y aprovechaba los momentos de soledad de algunos grupos de pequeños escolares que se quedaban rezagados para robarles los objetos más apreciados del momento: chivas (canicas), estampas (cromos), tacos de goma o tabas. 
Lo hacían con violencia en minúscula, pero violencia al fin, y no era extraño que los mocos que se secaban en las comisuras de sus labios quedasen como rastro en la mejilla del atracado, que bien poco podía hacer si no era añadir su nombre a la lista de víctimas.
Conversábamos de todo, hasta de la nada, hasta de lo que no conocíamos ni habíamos siquiera soñado; hablábamos bajo el cielo rojo del verano, bajo las puntas de las estrellas de las noches cortas, bajo el aliento de los que nos criaban y nos mandaban a las calles, a patear sonidos, lamentos, jadeos y miradas diagonales, de esas que traspasan aunque no entiendas nada. Como cuando cayó en medio de la calle un condón usado por el deseo rasposo de los dos reclutas que alquilaron el tercero B y hacían el amor con aquellas dos chavalas que estudiaban en la Universidad pero se reían como dos rayos blancos de atardecer. Pero no es eso de lo que quería hablar, sino de lo que sucedió aquella tarde del mes de abril.
Habíamos quedado citados en la esquina de la calle del pino para emprender el largo camino que nos llevaba cada quince días al campo de fútbol del equipo de la ciudad. Era un recorrido delgado, esbelto a veces, que completábamos con ritmo de cobre en formación desordenada, pero que servía para conocernos más y decorar nuestras espinillas con las piedras que saltaban a nuestro paso. Sólo faltaba Rubén, el más alto de todos, para emprender la marcha cuando aquel hombre que permanecía de pie, a unos cuantos metros de nosotros, desde hacía algunos minutos, se acercó hasta nosotros y nos preguntó si pensábamos ir al fútbol:
–          Sí.
–          Pues hoy llorará el cielo. Y serán lágrimas marrones.
Yo no sé si los demás le entendieron. Yo sé que me estremecí, que era un tipo esquinado y lateral que miraba con tierra en los ojos y no me gustó nada. Y me asusté, aunque eso no es importante, porque yo era un chaval temblón y fácil para el chascarrillo de los compañeros de juegos, aunque me querían. Claro, que eso lo supe años después, como tantas otras cosas.
El hombre alto, enhiesto casi, que así escriben y sueñan los poetas, tiró una amarillenta colilla al suelo, dio media vuelta y se fue. Nosotros vimos con alivio que llegaba Rubén y también emprendimos nuestra habitual y ritual caminata, rumbo al templo de la furia colectiva. Esa tarde hablamos poco, si bien las roncas voces de Paco y Luis, los mayores que ya empezaban a cambiar la voz, servían para marcar nuestro territorio y decir con fuerza que aquel tipo no tenía media hostia y que la próxima que me lo encuentre igual le parto la cara, ¿o qué? Esa era la filosofía de Paco, qué se le va a hacer, y el tiempo marcaría su destino como no podía ser de otra forma, llevándole a la cama de una mujer que le daría cinco hijos y al taller de un explotador que le quitaría cinco vidas.
El estadio estaba lleno, lo recuerdo bien. Era un partido con doble página. Es verdad que un Zaragoza Madrid siempre ayuda a calentar el aire, pero aquel servía, además, para enfriar el latido de un 1 de Mayo que recorrería las calles de un país gobernado por un mediocre hombrecillo que decía vivir para Dios y la Historia, así, con mayúsculas. Por eso, las televisiones mostraban lo mejor del equipo del régimen y la audacia de un puñado de jóvenes que lamían la nuca del poderoso. Aquella Liga sería la del 6 a 1 a la opulencia.
Y todo pasó tal y como anunció el hombre dolmen, el alto, el enhiesto. Aquella tarde de primavera, cuando veintidós hombres luchaban por el honor de la tribu, cuando toda una ciudad abría la boca para absorber la gallardía de sus gladiadores, el cielo se cubrió de un manto vivo y ancho. Sus colores eran tan rojos como la pasión de un joven que explota su amor en el primer encuentro, como la saliva caliente de un beso largo y deseado. Así se extendió aquella propuesta de colores que, durante unos minutos, estiró la mirada de los espectadores, en un movimiento vertical de sus cabezas más parecido al asombro que al miedo, como si todos deseásemos que aquello que contemplábamos significase el fin de nada y el comienzo de todo. Fueron unos minutos, pero temblamos como niños y hasta los futbolistas detuvieron su vigor, como si quisieran mostrar que ellos, auténticos dioses en la tierra, reconociesen el poder que no puede estar en otro sitio que no sea el Cielo.
Al día siguiente, los periódicos hablaban de globos sonda, de fenómeno inexplicable, de amenazas deseadas y temidas al mismo tiempo. Hay quien se atrevió a mencionar esas naves circulares que cuadran a veces el espacio. Eso quedará, como quedó la premonición del hombre vertical, el que se acercó a un grupo de niños y les dijo que esa tarde iba a llover marrón. Se equivocó en el color, pero supo que la tierra acogería el llanto del pasado para dibujar días más luminosos. Como este que respiramos hoy.
Licencia de Creative Commons

domingo, 14 de junio de 2009

Mi Real Zaragoza, el aroma del agua azul

Hoy va de fiesta. El sábado 13 de Junio dirigí mis pasos a la Plazaespaña de Zaragoza cogido de la mano de quien más me quiere y mejor quiero. Ese día respiré, respiré sonriendo y emocionado como, supongo, lo hice hace 45 años cuando en esa misma calle y en aquella ocasión a corderetas de mi padre aclamé, como sólo lo puede hacer un niño, a los Magníficos, que recorrían las calles de mi ciudad con la Copa del Generalísimo lograda después de derrotar al Atlético de Madrid por 2 – 1 con goles de Lapetra y Villa. Respiré emocionado, como cuando hace 31 años celebré el ascenso a Primera en un mágico 23 de Abril después de haber soleado mi corazón aragonés en la manifestación por la autonomía esa misma mañana. Respiré ilusionado, como lo hice hace 23 años, aquella mañana de domingo en la Plaza del Pilar en que recibimos a los héroes del Calderón que habían derrotado al Barça con gol del Poeta al malogrado Urruti en la Final de Copa del 86. Respiré, en fin, como lo hicimos miles de zaragocistas esa tarde, porque nuestros ojos ya divisan un horizonte claro y abierto, el que merecemos, el que añoramos, en el que hemos crecido y nos hemos hecho hombres y mujeres.
Todo había acabado. O mejor: todo empezaba de nuevo. Recibimos a los héroes, a nuestro guerreros sonrientes, esforzados en la batalla, suaves en la alegría. La gente alegre cantaba y gritaba frases bien cosidas que levantaban el color zaragocista hasta el cielo que se negaba a llover, como si no quisiera romper la celebración.
Llegó el autobús y llegó la algarabía. Como sé que ocurrió hace tantos años, en 1951, por ejemplo, cuando el Real Zaragoza derrotó al Real Murcia por 3 – 2 en un agónico partido y supo que era equipo de Primera tras una inacabable espera de veinte minutos cuando se consumó la derrota del Málaga ante Las Palmas por 4 – 1. El zaragocismo protagonizó entonces una multitudinaria peregrinación hasta el Pilar para celebrar el ascenso y la ciudad vibró como nunca. Como el sábado. Había que ver los rostros de los miles de presentes y los gestos entregados de los jugadores y el cuerpo técnico. De jugadores como Ander, futuro del Real Zaragoza, y de Fabián Ayala, historia viva del fútbol mundial y, ahora mismo, zaragocista por los cuatro costados.
Acompañamos al autobús, enfundados en nuestra emoción, y después optamos por regresar a la Campana de los Perdidos, templo de melodías y añoranzas. Allí nos esperaba el amor. Allí estaba el futuro. Como en nuestros corazones. Ya estamos en Primera otra vez. Ya estamos en casa.
Licencia de Creative Commons

A Ángel Gracia, maestro amanecer

Sí, querido Ángel. Sé que te acuerdas de aquel día en que una inspectora dijo ante los invitados a aquel acto: "Cuando llegué a vuestro...