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sábado, 15 de enero de 2022

Antonio, hace cuatro años fuiste alma

  

   De nuevo el sol. De nuevo la luz invernal que nos visita, fiel al día y el lugar que elegiste para decirnos adiós. Limpio la tristeza que se empeña en acompañarnos para recordarnos que hace ya cuatro años que nos falta tu voz, tu cariño, tu palabra, tu verdad que hiciste nuestra.

    ¿Sabes, Antonio, papá, yayo? En cada uno de los más de mil días que hemos vivido sin ti te he sentido más cerca. He recogido los pedazos de amor que sembraste entre nosotros y los he utilizado para aprender a comprender, para lograr que sea suficiente vivir para ocupar todas las orillas posibles.

    Es verdad que este mundo ya no gira como antes. Es cierto que, aunque el cielo parece el mismo, nada es igual, pero nada importa, porque tenemos el corazón tan abierto que no hay día que no estés con nosotros. Cualquier conversación, cualquier gesto, cualquier situación se convierte en motivo para estar juntos y así el viento frío se hace brisa cálida, y la tormenta inesperada se transforma en calma cómplice.

    Seguimos echando de menos la mirada de tus ojos color madera y el roce de la piel de tus manos agrietadas, pero lo que podría parecer razón para un atardecer gris es ahora  motivo para un amanecer miel.

   Espero a que llegue la tarde para acostarme al calor del recuerdo. Quiero escribir este poema que nunca se acaba bajo el resplandor de la misma luz que nos acompañó la última vez que nos hablamos, de regreso a casa. Lo recuerdas, ¿verdad? Los dos en el coche, abrazados a la alegría por tu bienestar, escribiendo con la sencillez de las olas un plan que habríamos cumplido de no mediar el destino, de no cruzarse el futuro indeseado.

   A pesar de haber navegado en mil mares, aunque en cada río el agua nunca es la misma agua sabemos que la esperanza de sabernos contigo permanece entera. Como cada 15 de enero el cauce de tu Júcar continúa bordeando las riberas de tu niñez y con esa razón nos dejamos acompañar por el amparo de tu amor.

   Cada año escribo esta carta, que siempre es la misma aunque sus palabras distingan mensajes aparentemente diferentes. Cuando la leas quédate con el calor de nuestro anhelo por el futuro, que será mediterráneo, como el de tu Jaime, que hace anchos los mismos caminos que tú recorriste. Sigue mostrándonos dónde están los horizontes que alcanzaste porque así será más nuestra la paz que ahora habitas.

    Sigue cuidando la vida que nos proporcionas y que el mundo sepa que hoy somos más felices que ayer porque este día sigue siendo un abrazo a la vida. Porque seguimos escuchando, Antonio, papá, yayo, tu voz rota cantando una copla enamorada. 

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lunes, 4 de octubre de 2021

A diez años del último abrazo de Juan Perpiñá

    (Octubre, 2021)

Aquella tarde. Aquel silencio que nos acompañó durante todo el viaje y que resonaba en nuestros corazones como una tormenta de vida. Aquella tarde, hace hoy diez años, es un lienzo vívido que me abraza cada minuto, con fuerza y ternura, con la certeza del final tan cercano a pesar de quererlo lejos, muy lejos.


 Cada vez que he abierto las páginas de tu ausencia nos ha acompañado el mismo sol. La misma brisa, la misma luz. Cada vez es siempre. Cada vez que es hoy nos ilumina la lealtad infinita, la honestidad del amigo que no abandona y siempre al calor de tu voz, asida al futuro, a la alegría de vivir que nos transmitiste como un tesoro de horizonte alcanzable.


   Hoy, Juan, nos pide el mar amado un encuentro en la cumbre de sus olas. Hoy me dejo llevar por la marea de tu mirada, la que se quedó en el Mediterráneo en el que todo es verdad. Aún recuerdo el recuerdo, la melodía de tus pasos, los que le enseñaste al xiquet en las mañanas futuro. Con él me duermo cuando no me alcanza a soñar, que es nunca porque miro a través de las orillas pintadas por tu esperanza generosa.


   Siguen los mismos amores al meu costat. Sigo cuidándolos como acordamos y entonces sonrío. Sigo sonriendo como acordamos y entonces cuido el amor. Eso no cambia, Juan. Como no cambia el color del atardecer, el me acoge cuando escribo este lienzo. Y no cambia porque la dulzura de tus ojos cuando todo se apagó hizo posible que pudiéramos vencer las mil batallas que se cruzaron en nuestros senderos. Y hemos llegado hasta ti, hasta Maruja, mujer valiente que supo encontrarte antes y después, siempre y nunca.


   Seguimos junto a la esperanza que sembraste. Ella nos ha acompañado como fiel aliada cuando las sombras nos cubrieron y a su amparo hemos vencido a la inquietud, a la incertidumbre. Al miedo. Cuando se volvió frágil el presente acudimos a los mensajes que arrebataron nuestros encuentros, tantas veces diagonales para luego unirse en los nudos de mil abrazos.


   Y nuestra Valencia, cada vez más cerca, cada día más soñada, siempre deseada. ¿Cómo acomodaremos en las melodías que acariciabas con tu voz la ilusión de regresar a las playas de nuestra niñez? Quizás escuchando el murmullo de la brisa que baña nuestra memoria. Tal vez siguiendo la estela de nuestros corazones. Para acariciar el perfume de las flores, para adormecer el amor junto al aroma de la huerta. Para sentirnos marineros merecedores de mil viajes sin final. 


   Recibiremos al sol cada mañana, tenlo por seguro. Al mismo sol que tus mayores respetaron porque de él venía la vida y a él habrían de volver. El mismo sol que tu “Jaime mío” (¿te acuerdas?) busca en cada grano de arena que cubre su futuro y al que acompañas, estoy seguro, día tras día. Compartiendo eternas conversaciones, regalándole tu mirada infinita y alentando los caminos elegidos. Hace un tiempo escribí que él. como tú, “decidió elegir que la vida es elegir y que ser valiente es combatir el miedo sabiendo que nos faltan respuestas pero nunca preguntas”. Por eso, hoy, diez años después de tu último abrazo, siento en esta tarde de otoño amable que las lágrimas me necesitan más a mí que yo a ellas, pero ni las rehúyo ni las desprecio. Las amo porque me confortan. Y porque la sal que las cubre me llevan hasta nuestro mar amado. Son las embarcaciones sobre las que navegamos y que nos permiten llegar al puerto de los mil vientos.


   Diez años, Juan. Y como siempre, poco antes de las Fiestas del Pilar, esas a las que ayudaste a crecer con tu contribución desde la Casa de Valencia Diez años que han transcurrido como un río cristal desde la costa al valle, desde el calle a la costa. Seguro que leerás esta carta, como todas las que te he escrito a lo largo de estos años. Y estoy seguro que sabrás que no estoy triste, que no es un lamento, sino un verso prolongado que me empeño en construir cada 4 de octubre. Para ti. Para todos los que compartís ya paisaje interminable.


    Y a tu amigo, ese que tienes a tu lado y que sonríe con la piel cuarteada por la verdad de su verdad, dile que cada día escucho más nítida su voz, que cada día distingo más limpio el paisaje que habitáis. Os tengo a mi lado, en mi memoria, en el amor que nos regaláis. Te tenemos a nuestro lado, Juan querido.   

 

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sábado, 23 de enero de 2021

Hace un año, Maruja, verso sol, verso amor

Si viajar es un paisaje, nadie como tú para abrazarlo. Fue tu vida un suave acto de amor, una palabra asida al viento común y el límpido ademán de tu voz nos hizo creer que no hay final al final.

Crecer a tu amparo fue llama atrevida, orilla alcanzable que la luz de arena saborea cuando los relojes sosegados caminan a tu lado.

Porque te supe madre después de tu primera mirada y te supe vida cuando tu mano me acarició el corazón. Con esa certeza escuché la llamada de la mañana, cadenciosa, asustada por el ruido del silencio.

Cada día es más sueño, voz cálida y anchurosa. Cada día nos sabe más a ti. Cuando decimos que navegas cielos líquidos nos acercamos a tu calor romero para volver a saborear tu presencia quieta.

Volvemos a decirte, Maruja, madre amor, que nos envuelve el viento de sal. No deja de hacerlo porque seguimos recogiendo nuestros sueños en tu Valencia amada, en nuestro Mediterráneo hogar en cuyo abrazo nos encontraremos.

Y en cada esquina de tu Portal de Valldigna habitará siempre la ternura de tus hijas, horizonte de devoción, y la esperanza de tu Jaime, que ahora captura la luz del futuro para que en su brillo se refleje tu sonrisa.

En este camino que no se acaba te esperamos. Hacia este mañana que nos entregaste caminamos, reunidos alrededor de la melodía de tu voz, canto eterno, Maruja. Ola infinita.

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viernes, 15 de enero de 2021

Antonio, hace tres años fuiste alma

 Hace frío. Hay un viento insuficiente ahí afuera que se ayuda del sol para limpiar la tristeza. Porque hace tiempo que nos faltan sonrisas. La tuya, Antonio, papá, yayo, la más necesaria. Pero también la de un mundo que no habrías comprendido.

Hace frío y solo pensar en el color de tus ojos color madera una poesía aún no escrita nos ofrece su rima y su melodía. Aún así, aunque el corazón del mundo se oculte tras los muros inciertos que nos aprisionan, tú sabes que te sentimos muy cerca, tan a nuestro lado que tu memoria cada día es más aliada.

Me queda la luz de la tarde, la misma que abrazaste la última vez que nos hablamos. Cuando volvíamos a casa, ¿te acuerdas?, y hablamos de celebrar la alegría que sentías porque era nuestro deber disfrutar de cada instante. Aquellos planes se apagaron en pocas horas pero lo que nunca morirá es la vida que compartimos, la que nos diste, la que nos hizo fuertes ante el final.

Han pasado muchas noches luminosas y nos quedan todos los días compañeros, así que cuenta con nuestra esperanza, la que nos entregaste como legado. Porque como cada 15 de enero el agua de tu Júcar sigue rodeando las riberas de tu infancia y esa es la razón de la única verdad que nos acompaña: seguir seguros al amparo del amor.

Muchas veces nos hablaste de mirar siempre hacia adelante, quizás porque el pasado a veces enmaraña la alegría y el dolor. No el nuestro, porque nuestro ayer se cobija en ti y tu mañana se aloja en nosotros. Será mediterráneo el futuro, el de tu Jaime, que prolonga los caminos que también tú recorriste. Y será imaginado el porvenir cuando encuentres la orilla que siempre añoraste. En ella te vemos sentado, mirando el horizonte cada vez más cercano.

Quédate la paz, guárdate la calma de las olas porque no hay ausencia cuando este día sigue siendo un abrazo a la vida. Porque seguimos escuchando, Antonio, papá, yayo, tu voz rota cantando una copla enamorada.     

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domingo, 4 de octubre de 2020

A nueve años del último abrazo de Juan Perpiñá (2020)

 

   ¿Sabes, Juan? Hoy la tarde es más próxima que nunca. Más que la misma tarde que nos dejaste, que decidiste depositar a un lado del camino tu sonrisa sempiterna, tu voz cómplice. Hoy la tarde, nueve años después, se me hace tibia y más extraña que nunca. Me crees, ¿verdad?

   Nueve años, Juan. Nueve párrafos inolvidables que me siento capaz de escribir con la ayuda de tu Maruja, que ya emprendió, valiente, el viaje que la lleva hasta ti, hasta todos. Y aunque sigue siendo la misma luz, aunque sigo mirando por la misma ventana por la que entraron los rayos de tu presencia, no me acostumbro a la costumbre.

   Permanece a mi lado el mismo amor que tú conociste. Con el gesto dulce de la primera vez, con el tacto tierno del mismo sol que nos recuerda que no te vas de nosotros. Y eso que últimamente hay más silencios en nuestros pasos, que esta negrura que no imagina cubre nuestros días. Aun así, aquí seguimos, creyendo en la esperanza que tú cultivaste cada día y cuyo aroma no enseñaste a cuidar.

   Sigue el mar inquieto. Siguen las orillas infinitas acogiendo las tenues olas que duermen  nuestro Levante amado. Eso no cambia, Juan. Será que cada vez sois más los guardianes de la húmeda luz que te vio nacer, la que te recibió para mecer la vida que nos regalaste. Y porque después de todo esta vida que nos queda nos invita a la caricia robada, ahora que no es posible discutirle al amor su ausencia. 

   Ahí sigue nuestra Valencia, arrobada en la brisa que nos baña. Ahí permanecen las melodías eternas que tú hiciste armonía en cada encuentro, como para advertirle a la vida que en ti tenía a su mejor valedor. Y sembrar en la atmósfera compartida el amor al amor. Estoy seguro que allí hemos de volver, al horizonte imaginado, a la huerta de la conversación cultivada con emoción, con pasión, con el vigor del marinero que no fuiste pero fingiste ser.

   Hoy, a nueve años de tu último abrazo, siguen quedando cosas que decirnos, pero también hemos aprendido a traspasar los breves muros de la ausencia. Como siempre poco antes de las Fiestas del Pilar, esas a las que ayudaste a crecer desde vuestra Casa de Valencia. Como siempre, en vísperas de volver a escuchar tus relatos ricos por humanos.

  Hoy el xiquet, "Jaime mío" le decías, ¿ te acuerdas?, sigue haciendo profundo el camino elegido, cerca siempre de las playas de la verdad buscada. Y seguro estoy de vuestro encuentro diario, porque aunque no acierto a explicarlo, en la carne de cada día encuentro mil huellas que calman tormentas inesperadas. Y sé que sigues a su lado, hablándole mientras le hablas, mirándole mientras le miras. Y recorriendo junto a él los senderos elegidos, como tú. Porque como tu, decidió elegir que la vida es elegir y que ser valiente es combatir el miedo sabiendo que nos faltan respuestas pero nunca preguntas, que ellas nos alimentan. Como tu voz, como tu alegría de vivir. 

   Vuelve a ser tarde de otoño y vuelvo a beberme las lágrimas que me confortan, como si fuese espuma de mar de crepúsculo. ¡Qué lástima no oler la sal, ni el cielo, ni el viento de nuestro Mediterráneo! Pero puedo escuchar los colores rojizos de la cercana luna, que es puerto callado de la nave en la que navegas. Ojalá puedas leer esta carta que es parte del relato que compartimos tantas veces. Ojalá puedas comprender que no estoy triste aunque me cueste tragarme el llanto. Es solo que cada año, y van nueve, ya lo he dicho, nace este verso más azul, como tus ojos, como tu luz.

   Y a tu amigo, ese que tienes a tu lado y que sonríe con la piel cuarteada por la verdad de su verdad, dile que cada día escucho más nítida su voz, que cada día distingo más limpio el paisaje que habitáis. Os tengo a mi lado, en mi memoria, en el amor que nos regaláis. Te tenemos a nuestro lado, Juan querido.   

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jueves, 23 de enero de 2020

Maruja, verso sol, verso amor


   Me ha llamado el mar, María, madre, yaya. Me dice que las olas hoy brillan más, que el horizonte se ha ensanchado y que cada caricia de arena nos invita a escuchar la paz que le has regalado con tu llegada. Me ha llamado el mar y me propone acoger la melodía de tu voz cuando se asombra por disfrutar de la fortuna de tu presencia.
   Se veía lejos este viaje y no llegamos a imaginar el minuto después de tu marcha. Ahora que todo es cierto nos disponemos a aprender de la vida todo lo que nos enseñaste. Con tu ser, con tu amor, con tu palabra, con tu mirada limpia sin final. Contigo siempre, cada vez que miramos a los ojos del sol sentimos tu calor. A su amparo hemos crecido y cada rayo ha sido un abrazo tuyo de madre que sabe ser madre.

   Volveremos a ti y en tu sonrisa clara nos quedaremos a soñar. Sabremos interpretar cada presencia y el rumor de tu voz color pólvora nos sirve para prender la llama del mañana. Sabes que cada día estarás en nosotros. Ya lo estás. Cada día, cada noche, cuando llegue el momento de decidir no verte porque ahora navegas sobre cielos callados.
   Hoy te decimos, madre amor, que te sabemos nuestra y por eso cada día será más luminoso que el anterior. Sabe el viento de sal que respiraste de niña que en sus alas navegaremos por siempre y en tu Valencia amada recogeremos nuestros sueños, reunidos alrededor de la melodía de tu voz. Porque  en la risa cristal con sabor a romero encontraremos la calma de las calles de tu Portal de Valldigna. Lo harán tus hijas, a quienes envolviste con tu entrega ensanchada por el día a día infinito. Lo hará tu Jaime, horizonte cercano de tu devoción y que ahora captura con las lentes del futuro la luz de Levante y siempre será tu chico. Y lo hará el mañana que no se acaba. En él te esperamos. Hacia él caminamos, seducidos por tu mirada inolvidable.
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jueves, 16 de enero de 2020

Antonio, hace dos años fuiste alma

He querido esperar al sol, Antonio, papá, yayo. Bajo su luz escribo mejor, siento más cerca la lejanía de los días queridos y encuentro más cálidas las palabras precisas para recordarte. En esta tarde de invierno piel madera elijo el brillo del agua querida para decirte lo mucho que te añoramos. Y con el reflejo transparente me quedo a dormir junto a las laderas de tu sonrisa, que se apagó como el atardecer de la juventud pero que aún nos sirve de compañera de todos los viajes que nos quedan por hacer.
Sería suficiente si en esta página blanca que guardo desde aquella mañana, ahora son dos años, supiera esculpir el poema definitivo que todo emigrante quiere escribir. El de la niñez que mece nuestra vida, el de los pasos nunca perdidos porque siempre nos llevaron a lugares sospechados y luego amados. Lo intento y surgen mil líneas del horizonte, como cuando surcabas las olas con brazadas de vida plena. Sabes y sabemos que en esas aguas bravas que calmabas con tu presencia siguen viviendo los deseos de darlos el amor que tantas veces buscaste en los demás. Y con él nos quedamos.
Hoy, papá, hace dos años que fuiste alma. Otra vez, como tantas veces serán hasta el final, te escribo esta carta blanca y eterna con la que te cuento que seguimos juntos, como tú quisiste. Y en esa unión está tu legado, tu voluntad de que viéramos crecer a tu Jaime y acompañásemos el paso del tiempo con una misma mirada. Créeme cuando te digo que no hay día que no hagamos verdad de ese deseo, por ti y por todo el amor que nos diste.
   Hoy volvemos la vista adelante, como nos enseñaste, como aprendimos. Y cada brizna de futuro nos habla de camino. Porque la ausencia es una llamada al amor y en los brazos de tu memoria nos cobijamos para hacer de este día un canto a la vida. Los que caminamos mientras escuchamos tu voz rota cantando la copla que te enamoró y evita que la ausencia  sea dolor, sino llamarada de amor. 
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viernes, 4 de octubre de 2019

A ocho años del último abrazo de Juan Perpiñá (2019)

¡Qué cerca, el mar, Juan! ¡Y qué lejos la tarde! Aquella que nos abriste los ojos mientras tú cerrabas tu mirada. Ese fue tu mensaje, el mismo que seguimos acariciando cuando el sol de octubre nos recuerda que sigues en nosotros cada día.

Puedes imaginar la melodía de Serrat mientras los dos, ella, tu ella, y yo paseamos nuestra pequeña libertad por la orilla del Mediterráneo. Y eso que no eran nuestras olas, ni nuestra luz, ni el perfume de nuestra Valencia amada. No lo eran por mucho que quieran asemejarse, pero lo que vive en nosotros, el aire que respiraste al nacer, al crecer, al amar, al conquistar, al darnos la vida, ese aire, querido Juan, no lo hay en ningún otro lugar del mundo. Por eso lo añoramos y lo necesitamos. Por eso seguimos queriendo regresar, a la terreta, al lloc en que el cielo se hace ser.
Hoy, a ocho años de tu último abrazo, aún nos quedan muchas cosas que decirnos. ¡Y mira que nos dijimos! ¡Y mira que nuestros encuentros siempre fueron un homenaje a la palabra!. Hoy, querido Juan, nuestros labios siguen respirando la misma luz que coronó tu despedida. Así ha sido cada otoño, así ha sido siempre. Y las voces de los niños, otros niños, los mismos niños, ¡quién sabe! Y es asomarme al balcón de tu sonrisa y reconocer cada luminoso rincón de tu memoria. En vísperas del Pilar, siempre es así. En vísperas de acoger el sonido de tu voz, tan clara y perceptible, tan rotunda y suave a la vez.
¿Recuerdas, Juan, que te hemos contado que el xiquet ha elegido el camino de la luz y la anchura del horizonte? Sí, sé que lo recuerdas. Y sé que sigues a su lado, hablándole mientras le miras, recorriendo junto a él cada camino que elige, cada sendero que lo elige a él. Porque la vida es elegir, decidir. Y andar y saber que aunque no sabemos si estamos juntos las respuestas, como las flores, nacen a cada instante. Y tú se lo enseñaste y él lo aprendió. Y en su vida estás tú. Y tu risa y tu alegría de vivir y tus sueños de un mundo más humano.
El mar, Juan. ¡Qué cerca! ¡Qué tuyo es el rumor de las olas! Esas sobre las que navega el alma de quienes os dirigisteis al infinito porque así lo quiso el cielo. Y por ser así, sabes que en la espuma del mañana nos encontraremos. Hoy, tarde roja, cálida, estimada es cuando escribo esta carta y la baño con tres lágrimas que me guardo no porque esté triste, sino porque son agua y sal, los dos versos impares que componen el poema que te escribo soñando con el azul de tus ojos, con el azul del mar.
¡Ah! Y dile al amigo que sonríe a tu lado que os escucho cada día cuando despedís el atardecer de la huerta. Me sé de memoria el paisaje que os acoge. Me sé de memoria el amor que nos regaláis. Me sé de memoria tu presencia eterna.
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martes, 15 de enero de 2019

Antonio, hace un año fuiste alma

Hoy, Antonio, papá, yayo, ha amanecido suave y cielo. Hoy, como ayer, como hace un año, es azul la mañana, quieta. Parece distinta pero en realidad es la misma, que se ha hecho eterna para ti. No sabría decirle al viento qué me quedo de su melodía, pero como guardo tantas palabras tuyas seguro que encontraré la más exacta.
   Hay una luz amiga. Lo sé porque me ayuda a mirarte y reconozco todas y cada una de las sonrisas que nos regalaste cuando niños. En esa luz encuentro las mil razones para seguir viviendo en ti y mantener intacto el sonido de tu voz, madera y tierra bañada por el agua de nuestro inolvidable río.
¿Sabes? Cada día que hemos despertado sin ti ha sido una invitación a volver a tu mirada y la hemos recibido con la misma armonía con que aceptabas el encuentro. Así ha sido porque juntos aprendimos a celebrar la vida y así vamos a continuar, plenos en la vida que nos diste. Porque hoy, papá, debes saber que han nacido tantos deseos nuevos como gestos de amor guardamos. Que en cada ladera del Júcar hay un eco de tu paso por la vida y cuando volvamos a él, que volveremos porque también es nuestra casa, nos refugiaremos en el cristal de sus riberas. Allí estaremos para que nos cuentes de nuevo las historias de los sueños que pudiste cumplir y en los que nosotros fuimos siempre protagonistas.
Hoy es 15 de enero. Para siempre el día que fuiste alma. Para siempre el poema que supimos escribir y todos leeremos. Y cada verso servirá para hacer más ancho el futuro de los tuyos, sobre todo el de tu Jaime, con quien compartiste no solo el amor que te unió a él sino el color de tu Valencia querida. Quién sabe si cada imagen que él captura con el corazón no es un abrazo a la memoria de sus mayores. Quién sabe si no hablará el río eterno que besa tu Alcalá y se acuesta en el Mediterráneo de todos.
Hoy sabremos acompañar tu ausencia, pero debes saber que cada día te sentimos más cerca de la vida que nos regalaste. Porque la ausencia es una llamada al amor y en los brazos de tu memoria nos cobijamos para hacer de este día un canto a la vida.
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lunes, 5 de noviembre de 2018

Ya San Lorenzo te guarda

   «El regreso al hogar nos une a ti. Ya San Lorenzo te guarda». Estas palabras son de Carlos, tu pequeño, y las escribió poco después de cumplir tu sueño de volver a tu Alcalá del alma. ¡Si supieras cómo nos acompañó el cielo! No ha habido mañana más luminosa, no pudo haber un cielo más limpio. Tenía que ser. En la tierra que tanto amaste, al lado del río que tanto te amó. Y en la caricia de la luz que te hizo un ser noble, generoso. Ya, papá, duerme el agua de tu infancia. Ya puedes decir que siempre serás alma.

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jueves, 4 de octubre de 2018

A siete años del último abrazo de Juan Perpiñá (2018)

 Hoy, Juan, ha amanecido suavemente. No diré que como todos los días, porque nunca los octubres nos sabrán igual, pero sí al costado de la memoria que nos agita tu mirada azul. Han nacido muchas mañanas y se han escapado no pocos deseos. Aún recitamos tu limpia sonrisa cada vez que este sol nos llama, pero lo que no ha vencido es el olvido. Será así porque el arenal verso que voló sobre tu vertical amor a la vida nos sigue acogiendo cuando es menester hacer de la vida orilla de verdades.

Te digo, Juan, que estos días de sol lejano nos hacen más tuyos. De sol a veces remoto aunque sigue estando cerca de ti, seguramente más próximo cuanto más se aleja aquel momento de silencio inevitable. Pero del mismo sol que nos acarició en la sombra de la soledad final cuando la tarde se agotó de tanta lucha. 
   Cada día estás aquí y sentimos cómo nos acaricia el viento que acompaña el viaje final que tú decías era inicial. Y cada brizna de luz convierte en cálido roce la certeza de tu presencia. Solo así podemos convivir con la inseparable melancolía que hasta el fin compartimos aunque no nos lo digamos. Es la alegría del amor que derramaste sobre nosotros, la misma que se enreda en los recuerdos cosidos en el corazón a golpe de golpes.  
   Siete años desde tu último abrazo. Hoy navegas el mar con la fuerza del hombre cierto. Sobre su serena bravura descansan las melodías que el levante inspiró a los poetas que leíste y en el fondo de sus aguas se ocultan los sueños que iluminaron tus anhelos. Hoy, ya lo sabes, las olas sosegadas mecen nuestra esperanza, porque a ellas volveremos muy pronto. Porque siempre volvemos a la orilla de nuestra historia, del ayer que nos ha construido para ser lo que somos, para no ser lo que no somos.
   Hoy, querido Juan, el pintor que nos enamora mantiene sus lienzos color sal limpios. Será así hasta que encontremos ese atardecer que nos vuelva a reunir. Y cada pincelada será un sorbo de azahar, cada sorbo una pincelada de arena, cada huella un monumento a la felicidad que sentimos cuando te traemos a nuestro lado. Que es cada minuto. Que es siempre.
    La vida nos hace cómplices y cuando escuchamos en tu voz nuestros nombres algo nos invita al sueño voluminoso. Y más ahora que el horizonte es más ancho y más seco, que en cierto modo todos acabamos viviendo donde se cruzan los caminos, los que hacemos y los que deshacemos. ¡Cómo no abrazar el temblor del futuro aún por escribir! ¡Cómo no acoger la pasión de quien se atrevió a desafiar la injusticia de los justos!.
   Y los tuyos. Los de siempre. Los de para siempre. En nosotros habitas y con nosotros caminas, acompasando la línea de un horizonte que sirve de guía a ese corazón joven y audaz con el que conversas aunque no lo sepáis, aunque sí lo sepáis. Conversaciones anchurosas, espaciosas. Como el alma que os une, como el alma sólida, de piel fuerte, de tierra suave.
   Llegará la noche. Habré paseado, habré bebido una lágrima jubilosa, una de esas que no nos dejaste verter, pero esta vez me habré alegrado, porque sé que en las laderas de la alta mar tu relato habrá encontrado un amigo con el que despedir el atardecer. Y yo, querido Juan, seré un verso más feliz al saber que los dos nos ayudáis a seguir el viaje que emprendimos juntos.
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martes, 16 de enero de 2018

Antonio, di que eres alma

   
  Bueno, papá, ya le has dado el último abrazo a la vida. Ya no brillan tus ojos color madera que tanta luz desprendían.

   Tenía guardadas estas líneas en el cajón de nuestra memoria desde hace mucho tiempo y hoy aquí están, serenas, eternas. Escritas con renglones rectos. Son destellos que nos iluminan y nos abrazan con cuidado. Son como un susurro que nos acompaña.
   Hoy, papá, hay más sol que nunca porque el cielo es más cielo. Te llevas un trocico de tu Alcalá y de tu Chiva pero aquí nos dejas la vida que nos regalaste. Nos ves juntos, como siempre quisiste que fuera, y alrededor de tu voz seguiremos el camino que nos enseñaste a andar.
   Te queremos. Y por ese amor que juntos hicimos grande vamos a vivir cada día contigo a nuestro lado. Y con risa en el corazón, como te gustaba cantar en las reuniones familiares cuando te arrancabas por Juanito Valderrama.
   Te queremos. Y por ese amor infinito que construiste junto a la mamá vamos a hacer que el tiempo sea nuestro más fiel aliado. Antonio, valiente, generoso. Antonio, nuestra sangre manchega. Guárdanos el futuro y danos la luz que nos alimente. Antonio, hombre noble, dí que siempre serás alma.
   Adiós, papá. Tu coro de serafines te espera. Adiós, papá. El agua de tu infancia te aguarda. Pronto.
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miércoles, 4 de octubre de 2017

A seis años del último abrazo de Juan Perpiñá

  Te diré, Juan, que es un día de sol de cielo adentro. Es, quiero dar gracias, el mismo sol que cubría el cielo aquella tarde que es esta tarde. Hace seis años y nada y todo ha cambiado igual que todo y nada sigue igual.

  No pasa un día sin tenerte con nosotros. No hay día que acabe sin una sonrisa acompañada de tu recuerdo. Así ha sido desde tu último abrazo y así será hasta el encuentro. Mientras tanto, el mar es más mar porque a su orilla se acuesta quien sabe reír como tú le enseñaste y lleva en el corazón las mil razones para vivir que le regalaste. El mar, tu añorado sendero de sal y luz que elegiste navegar por siempre en la barca de amor construida con el abrazo de los tuyos.
   Hoy, Juan, querido Juan, es el momento de respirar de nuevo el viento común. Con tu voz seguimos soñándote, con tu alegría sembrada de frases hartas de vida, con tu serena pasión derramada sobre la arena alma Sorolla. Pero siguen fértiles tus mil semillas derramadas sobre ese corazón joven y coraje que cada día hace más profundas sus raíces en la tierra que te hizo nacer. Y él sabe que eres tú su guía, y yo sé que en las calles de tu ciudad, de su ciudad bebe la melodía de las conversaciones que teníais y que volveréis a tener. Y que tenéis, sospecho, pues quiero creer que como sigues en nosotros vives en él.
Y el mar, dije. El Mediterráneo amigo, padre, amante, hijo, cómplice. El mar compañero de viajes imposibles, de viajes de deseo inconfesado, verso azul que cobija en su espuma la piel y el alma de quien tanto amó y a quien tanto quisimos. En él habitas y al compás de sus dulces olas susurras nuestros nombres para que nuestro sueño limpie el atardecer compartido. Y en él descansaremos, te lo prometo, para hacer más llevadera la noche bañada de luna.
   Llega la noche. He paseado por la  mañana, he saboreado la brisa de la tarde y he vuelto a sentir el mismo calor que me abrazó hace seis años. Hoy, es verdad, he custodiado las lágrimas que no nos dejaste derramar y he preferido alegrarme con el recuerdo de tu risa, de tu inacabable amor a la vida. Danos un momento, Juan querido, y dile al cielo infinito que somos tus fieles aliados, los que nunca dejaremos que el camino se acabe. Dile al cielo emocionado que tu vida sigue acostada en las laderas de tu voz, Juan querido. La voz que nos ayuda a seguir el viaje que emprendimos contigo. Contigo.
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miércoles, 5 de octubre de 2016

A cinco años del último abrazo de Juan Perpiñá



Juan PerpiñáMediterráneo, amigo. En tus brazos quedaron las palabras que nos hicieron mejores, las frases que nos hicieron crecer al amparo de la luz del levante. En cada una de las olas duerme nuestro recuerdo, la sonrisa que nos regalas cada día, cuando te hacemos presente, Juan, cuando te tenemos junto a nosotros para que nos ilumine tanto amor que nos queda. Mediteráneo, amor.
   Cinco años son cinco soles eternos. Cinco años desde aquella tarde luminosa en que nos dejaste tu mejor abrazo, el que nos abrió la ventana de tu legado, el que nos conforta cuando andamos las orillas de tu sonrisa ancha. Hoy, tu futuro navega en la misma playa que te vio crecer y recibe en su piel la misma brisa que te acariciaba cuando eras un niño. Yo sé que la melodía de tu diálogo le llevó allí, aunque no lo supiera, aunque nadie lo imagináramos. Sobre tu hombro, apoyado en tu ser humano, así está él construyendo el camino que tú le enseñaste. Tanto ser verdad, tanto ser certeza, tanto ser libertad, tanto ser lealtad, tanto ser justicia. 
   Hoy no es un día más. No lo decimos, el silencio lo estrechamos en nuestro pecho porque preferimos estar contigo cada día, dibujando el paisaje que vivimos juntos. No lo decimos, pero nos miramos y lo sabemos. Nos miramos y nos lo decimos con los ojos húmedos sin que nadie llore. No quisiste que cayera el telón sobre nuestro corazón y así lo hicimos. Así lo hacemos. Juntamos el brillo de la espuma de la Malvarrosa y construimos con ella una escultura de amor infinito bajo la que nos cobijamos y a cuyo lado sentimos tu presencia.
   Llega el día a la tarde, a la penumbra que no quisiste que ocultase tu alegría porque si algo fuiste es luz de amanecer. Todo cambia menos el amor. Todo cambia pero aquí seguimos los mismos, siendo lo mismo. Escuchando tu voz, tu risa y tu inmensa alegría de vivir. No dejes nunca, Juan, de alumbrar nuestro camino, sobre todo el de tu horizonte, el de quien lleva tu mensaje grabado en la sangre. Ese latido joven y pleno que recibe de ti la enseñanza de una vida que espera más vida. En esta tarde hermosa y cálida, en la que aún puedo ver tu gesto sereno y confortado por el amor de tu gente, me quedo con el azul de tus ojos y con cada una de las melodías que nos regalaste.
    Mediterráneo, amigo. Recoge este levante otoñal y regálale a quien quiera escucharte el verso atrevido de un hombre que supo vivir. Y a ti, Juan, te digo que hoy es ayer, que el mismo silencio que me acompañó en el adiós me sigue hablando de llanuras de paz y laderas de justicia. En nosotros estás. Siempre.
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martes, 15 de noviembre de 2011

Llevamos a Juan a la Malvarrosa

 

Llegamos a la playa de la Malvarrosa acercados al mediodía. El cielo nos dio la tregua que nuestro encuentro merecía y el mar se pintó de azul y paz. Era una mañana de domingo plácida. La arena recogía algunos paseantes que se asomaban al balcón de las olas mirándolas con picardía. Parecía decirles en qué punto de su espalda habían perdido el último beso. Hasta el cielo se había vestido con su más limpia sonrisa.

Las palmeras se acercaban al horizonte verticales, altivas y jóvenes. Parecían esas mujeres elegantes y silenciosas que ocupaban las pantallas de las películas americanas de los cincuenta acompañando al galán. Eso sí, perfectas en su sitio, una detrás de una, otra detrás de otra. Sugerentes, moviéndose al compás de nuestros pasos.

Nos acercamos al pequeño muro que separa el paseo de la arena. Recuerdo que quise ver dónde empezaba el mar y dónde se anunciaba el horizonte. Sin embargo pel que sus hojas La playa de la Malvarrosa es una espiga cortada en el viento de la infancia. En su arena nació ese mar que duerme en tus ojos, azules como la vida ida. En la orilla, impacientes, se han acostado a lo largo de los años todas las palabras que nos has regalado, nunca perezosas ante la idea de navegar en la memoria. Desde que lo supiste tu empeño fue hacer de cada día un sendero de ida y disfrutabas abriendo valles donde antes solo había alturas inalcanzables.

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miércoles, 5 de octubre de 2011

A Juan Perpiñá, palabra de mar

Juan Perpiñá le ha dado el último abrazo a la vida. Lo ha hecho en el calor del hogar, envuelto en las caricias de los suyos, mostrándole al cielo una sonrisa recta y valiente, como lo fue su existencia, como lo fue su palabra.
El padre de mi amor, el abuelo de mi mañana, acertó a ponerle cara al momento que a todos nos aguarda: “la plácida espera”. Una espera de alguien que siempre tuvo a la esperanza por bandera que siguió con la fuerza que le daba creer que creía: amó al amor, trató de derrotar a la derrota y supo que era posible no saber, por lo que aprendió a aprender.
verano06-148Juan se ha ido porque la vida se le salía por cada poro de su piel. Su mirada, anclada en una memoria que guardamos con la misma pasión con que compartimos cada minuto que construimos juntos, encontrará caminos que le seducirán y que recorrerá con el vigor del joven que descubre que tienen que nacer flores a cada instante.
El color del aire de Valencia le vio nacer y el mar que baña el Levante será el testigo de su adiós. Es ahí donde se reencontrará con sus raíces, las que siempre acompañaron sus sueños, las que en todo momento ilustraron su anhelo de un mundo más justo y más libre. Si queda una sonrisa que construir que sirva para recordar a este hombre que ahora emprende el viaje; si hay una palabra fértil que coser a nuestro futuro, que podamos utilizarla para escribir el más humano de los versos. Él lo sabrá leer.
Juan, padre, descansa en paz. 
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A Ángel Gracia, maestro amanecer

Sí, querido Ángel. Sé que te acuerdas de aquel día en que una inspectora dijo ante los invitados a aquel acto: "Cuando llegué a vuestro...