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lunes, 4 de octubre de 2021

A diez años del último abrazo de Juan Perpiñá

    (Octubre, 2021)

Aquella tarde. Aquel silencio que nos acompañó durante todo el viaje y que resonaba en nuestros corazones como una tormenta de vida. Aquella tarde, hace hoy diez años, es un lienzo vívido que me abraza cada minuto, con fuerza y ternura, con la certeza del final tan cercano a pesar de quererlo lejos, muy lejos.


 Cada vez que he abierto las páginas de tu ausencia nos ha acompañado el mismo sol. La misma brisa, la misma luz. Cada vez es siempre. Cada vez que es hoy nos ilumina la lealtad infinita, la honestidad del amigo que no abandona y siempre al calor de tu voz, asida al futuro, a la alegría de vivir que nos transmitiste como un tesoro de horizonte alcanzable.


   Hoy, Juan, nos pide el mar amado un encuentro en la cumbre de sus olas. Hoy me dejo llevar por la marea de tu mirada, la que se quedó en el Mediterráneo en el que todo es verdad. Aún recuerdo el recuerdo, la melodía de tus pasos, los que le enseñaste al xiquet en las mañanas futuro. Con él me duermo cuando no me alcanza a soñar, que es nunca porque miro a través de las orillas pintadas por tu esperanza generosa.


   Siguen los mismos amores al meu costat. Sigo cuidándolos como acordamos y entonces sonrío. Sigo sonriendo como acordamos y entonces cuido el amor. Eso no cambia, Juan. Como no cambia el color del atardecer, el me acoge cuando escribo este lienzo. Y no cambia porque la dulzura de tus ojos cuando todo se apagó hizo posible que pudiéramos vencer las mil batallas que se cruzaron en nuestros senderos. Y hemos llegado hasta ti, hasta Maruja, mujer valiente que supo encontrarte antes y después, siempre y nunca.


   Seguimos junto a la esperanza que sembraste. Ella nos ha acompañado como fiel aliada cuando las sombras nos cubrieron y a su amparo hemos vencido a la inquietud, a la incertidumbre. Al miedo. Cuando se volvió frágil el presente acudimos a los mensajes que arrebataron nuestros encuentros, tantas veces diagonales para luego unirse en los nudos de mil abrazos.


   Y nuestra Valencia, cada vez más cerca, cada día más soñada, siempre deseada. ¿Cómo acomodaremos en las melodías que acariciabas con tu voz la ilusión de regresar a las playas de nuestra niñez? Quizás escuchando el murmullo de la brisa que baña nuestra memoria. Tal vez siguiendo la estela de nuestros corazones. Para acariciar el perfume de las flores, para adormecer el amor junto al aroma de la huerta. Para sentirnos marineros merecedores de mil viajes sin final. 


   Recibiremos al sol cada mañana, tenlo por seguro. Al mismo sol que tus mayores respetaron porque de él venía la vida y a él habrían de volver. El mismo sol que tu “Jaime mío” (¿te acuerdas?) busca en cada grano de arena que cubre su futuro y al que acompañas, estoy seguro, día tras día. Compartiendo eternas conversaciones, regalándole tu mirada infinita y alentando los caminos elegidos. Hace un tiempo escribí que él. como tú, “decidió elegir que la vida es elegir y que ser valiente es combatir el miedo sabiendo que nos faltan respuestas pero nunca preguntas”. Por eso, hoy, diez años después de tu último abrazo, siento en esta tarde de otoño amable que las lágrimas me necesitan más a mí que yo a ellas, pero ni las rehúyo ni las desprecio. Las amo porque me confortan. Y porque la sal que las cubre me llevan hasta nuestro mar amado. Son las embarcaciones sobre las que navegamos y que nos permiten llegar al puerto de los mil vientos.


   Diez años, Juan. Y como siempre, poco antes de las Fiestas del Pilar, esas a las que ayudaste a crecer con tu contribución desde la Casa de Valencia Diez años que han transcurrido como un río cristal desde la costa al valle, desde el calle a la costa. Seguro que leerás esta carta, como todas las que te he escrito a lo largo de estos años. Y estoy seguro que sabrás que no estoy triste, que no es un lamento, sino un verso prolongado que me empeño en construir cada 4 de octubre. Para ti. Para todos los que compartís ya paisaje interminable.


    Y a tu amigo, ese que tienes a tu lado y que sonríe con la piel cuarteada por la verdad de su verdad, dile que cada día escucho más nítida su voz, que cada día distingo más limpio el paisaje que habitáis. Os tengo a mi lado, en mi memoria, en el amor que nos regaláis. Te tenemos a nuestro lado, Juan querido.   

 

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domingo, 6 de diciembre de 2020

El campo del aire (III)

No lo merecieron los caminos, pero la sangre fue más roja que la fuerza de la vida y el cielo se transformó en un valle por el que discurrían las voces de la guerra. Aquellos bombarderos trazaron estelas que señalaban con arrogancia su punto de llegada. Sus pilotos, a su regreso, bajaban a tierra con el brío propio del jinete que ha logrado sujetar la brida del corcel más rebelde. Así los vi siempre, desde la primera vez.

Recuerdo sus carcajadas, la violencia de su alegría, copiosa como un gran banquete reservado a los dioses. Y su lenguaje, musical como la carcajada de un niño pequeño. Sus uniformes, brillantes y fieros; sus cuerpos, desafiantes y jugosos, y sus nombres, armoniosos y repletos de melódicas vocales. Luigi, Stefano, Andrea, Luciano.

Pasaron delante del grupo de niñas casi mujeres (o mujeres aún niñas) que, asombradas, contemplamos el paseo de aquel grupo con las bocas abiertas y los ojos entornados. No era temor, pero un río interior recorrió nuestro ánimo dejándonos una sensación extraña, mezcla de admiración y horror.

Vimos cómo se dirigían a la fonda acompañados de Don Humberto, cuya fortuna había servido, con toda seguridad, para convertirle en el anfitrión perfecto. Les vimos entrar, escuchamos sus prósperas carcajadas y comprendimos que aquellos combatientes, hijos de Mussolini y nietos de áureos emperadores, iban a ser nuestros eximios huéspedes durante un tiempo que aún estaba por venir.

Foto: Jaime Perpinyà 

viernes, 27 de noviembre de 2020

El campo del aire (II)

Aquel julio de 1937 se nos mostró como un amante tozudo.  Los bombarderos HS-123 cubrieron las tierras del Campo de Bello con la gallardía propia de los ejércitos orgullosos a la sombra de sus estandartes. Se dispusieron durante meses a la batalla que las colinas de Teruel reclamaban con un anhelo triste. Tan triste que hasta las nubes parecían detenerse con el afán de no llegar nunca al destino.

En aquellas rojizas tardes, contemplaba la esperanza irse y la miseria regresar. En algún momento supe decirme, con toda la compasión que era capaz de ofrecerme, que aquellos caminos no se merecían el agrio olor de la gasolina de los aviones. Tampoco las letales melodías de los motores roncos, ni las herrumbrosas letanías de los mandos. No aquellos caminos, los que sujetan en sus pupilas los enhiestos peirones, en ocasiones enjutos, casi siempre audaces, como corresponde a un pardal en cálidos amores. Nunca mis caminos, los que Bello dibujó para andar nuestra ventura en dirección a Tornos y sopesar en el de las Ánimas las almas de los muertos. Jamás mis veredas, las que Bello perfiló para dirigir nuestra fortuna a Las Cuerlas acariciando con afecto de corazón temprano el de Santo Domingo, el Perillán que guarda en su mirada una dulzura que me acompañaría más allá del llanto por la casa cerrada. 

Foto: Jaime Perpinyà 

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martes, 17 de noviembre de 2020

El campo del aire (I)

Limpiar el aire era tarea diaria para aquellos hombres de mirada azul. Cada tarde  acariciaban los caminos diagonales de mi memoria. Cada noche colgaban sus nombres acolchados de las estrellas. Y una sonrisa gruesa.

Sus labios mostraban la bravura de los guerreros victoriosos. Solo ellos, audaces, pueden ofrecerlos. A sus cuerpos los había acunado el cielo que contempla cada día la soberbia sonrisa del Mediterráneo. Hombres italianos, almas de belleza ancha.

Y nuestros campos, rectos como un deseo carnal, dispuestos a recibirlos al comienzo de un verano roto. Un verano que nadie habría querido conocer. (continuará)





lunes, 2 de noviembre de 2020

Víctor Fernández, el verbo consciente


(Este texto lo escribí en noviembre de 2007)

Las tardes en el barrio eran siempre diferentes. Pareciera que el sol, ese altivo compañero de juegos y descubrimientos, era siempre el mismo, pero los chavales sabíamos que eso no era así, que en nuestras calles vivían muchos soles, tantos como chicos; muchas estrellas, tantas como chicas y alguna que otra luna, si bien todos ellos vestían pantalón corto y comían interminables bocadillos de mortadela chiripitiflaútica.

Había muchos soles y uno de ellos vivía al lado de las traviesas. Su mano derecha en ocasiones empuñaba una estilizada raqueta de tenis, esbelta como sus movimientos, y sus piernas eran capaces de recorrer kilómetros anchurosos como las explanadas que nos rodeaban: de casa al colegio, aquellos partidos a la sombra de "il bello Panatta", del colegio a La Camisera, de La Camisera...

Hoy su palabra ilumina, aturde, enciende, ofusca, limpia y exaspera. Su gesto es hermano siempre de su conciencia y la vida ha abrazado muchos de sus pasos y repudiado algunas de sus zancadas. Eligió la vereda de las praderas limpias por las que el futuro y la emoción de tantos han transitado, abrió la carne de todo un pueblo porque de ese pueblo era hijo y acogió la impaciencia de quienes sienten la urgencia del aliento inaplazable.

 Aquí, en este rincón donde los mensajes encuentran cobijo, levantamos el recuerdo que creció con nosotros y se hizo verdad, no porque lo sea, sino porque la sentimos nuestra, que es lo mejor que nos puede ocurrir.

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domingo, 1 de noviembre de 2020

Lobo Diarte, la zancada salvaje

   
Hubo un tiempo en que las espaldas del mar recogían la espuma de muchachos hambrientos de gloria. Era el tiempo de océanos rugosos que tan sólo unos pocos valientes se atrevían a cruzar en busca de hombres metálicos como el futuro. Para que eso fuera así, para que hubiese un camino que andar a la caza de firmamentos azules tenían que existir magos que bajo los mantos de la nada hallasen tesoros de leyenda. 

 Uno de esos hombres fue Avelino Chaves. Quien fuese secretario técnico del Real Zaragoza cuando no había intermediarios voraces ni prestamistas de la mentira fue el esponsable de varios de los fichajes más importantes de la historia del zaragocismo. Uno de ellos fue Carlos “Lobo” Diarte. 

   Aquel muchacho espigado como un surtidor de trueno llegó a la hermosa ciudad aragonesa con diecinueve años. Callado, tímido, silencioso como el Ebro al pasar por el Pilar, aquel diamante de zancada selvática encontró en Luis Cid, “Carriega”, el mejor entrenador posible. El gallego supo acunar al tímido paraguayo, cuidarle como a un hijo recién conocido y extraer de él lo mejor que guardaba en su interior inabarcable. 

 Dueño de un físico poderoso y elegante, el Lobo llegó en enero de 1973 y jugó más de sesenta partidos con el león en su pecho. El apodo se lo puso su amigo Ribarola en el Olimpia de Asunción, donde lo encontró Chaves. Ya había debutado con la selección de Paraguay y en el Real Zaragoza jugó casi tres años. Entre sus goles muy recordados son el segundo al Real Madrid en aquel legendario 6 – 1 del 30 de Abril de 1975 y el que le había metido diez días antes al Elche y que supuso el gol número 1000 del Real Zaragoza en primera división. Este gol fue el fruto de una magistral combinación entre García Castany y Rubial. Éste se internó por la banda derecha y centró, donde Arrúa controló para pasar a Diarte quien, de tiro raso a veinte centímetros del suelo, logró colocar el balón junto al poste derecho. De ensueño. 

 Lobo Diarte aportó vigor, verticalidad, regate y, sobre todo, un poderoso latigazo con la cabeza que le convirtió en el mejor delantero centro del momento. Su último partido con el Real Zaragoza fue la final de copa frente al Atlético de Madrid, que acabó en derrota con gol de Gárate y desafortunadísimo arbitraje de Segrelles (aún recuerdo la portada de Zaragoza Deportiva con una fotografía del árbitro “recogiendo” el trofeo) y fue el Valencia quien le fichó pagando 70 millones de pesetas, récord absoluto hasta el momento en la compra de un jugador. 

 Lobo Diarte fue futbolista, pero la poesía ha sido su mejor amigas hasta el final de sus días. Los versos de Ángel González, Josefina Pla y Roa Bastos han acompañado a este corcel humano capaz de acercar el cielo a las llanuras habitadas pro los mortales. Su capacidad para romper las líneas vertucales que construye el universo le hicieron valedor de un hueco en el cielo del zaragocismo, junto a Carlos Lapetra, Santos y Murillo. Allí, Lobo, esperamos encontrar la estela de tu carrera inalcanzable, la que sirvió para dibujar los senderos por los que perseguir la gloria que encontraste porque la soñaste en tu Asunción natal. Que la mañana eterna mantenga encendidas tus nueve llamas azules.

lunes, 12 de octubre de 2020

Cómo nació la Ofrenda de Flores: recuerdos de un valenciano.

 
Hoy, día del Pilar, decenas de miles de ciudadanos habrían, habríamos vivido un gran acto de encuentro en torno a la figura de la Virgen del Pilar: la Ofrenda de Flores. Quiero compartir con el mundo el relato de cómo nació este acto hoy principal de boca de una de las personas más importantes de mi vida: mi muy querido Juan Perpiñá, mi suegro.

Me contaba Juan, valenciano de nacimiento, que él llegó a Zaragoza en 1955. Le trajo hasta aquí la idea de labrarse una vida con su trabajo y su voluntad de ser. Me decía también que a mediados de los años 50 los integrantes de la Casa de Valencia en Zaragoza “nos reuníamos alrededor de la iglesia de San Gil donde se veneraba a la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia”. Allí “hacíamos una ofrenda de flores a la virgen, imitando la que se celebraba en Valencia desde 1945 y después visitábamos a la Virgen del Pilar, a la que también ofrecíamos nuestras flores tras recorrer las calles del centro de la ciudad”. En ese momento don Hernán Cortés era deán del Pilar y en seguida “abogó por que se hiciera eso mismo aquí, en Zaragoza. Y esa idea la remató un concejal excepcional, que era Manuel Rodeles, un hombre sencillísimo, fuera de lo normal”. Él tenía una relación muy especial con la Casa de Valencia, con cuyos miembros convivió en multitud de encuentros.

Creía Rodeles que Zaragoza necesitaba cambiar el estilo de las fiestas del Pilar, demasiado cerradas, al tiempo que admiraba la celebración de las fiestas de Valencia. En ese contexto, en marzo de 1956 “la Casa de Valencia organizamos un viaje privado del concejal en el que le acompañamos varios miembros de la junta directiva de la Casa de Valencia: entre ellos se encontraban Antonio Leyva, Cándido Antolín, Vicente Sancho, Vicente Tejero” y mi suegro, Juan Perpiñá.

Durante aquel viaje “nos reuníamos en el Centro Aragonés de Valencia, el antiguo, que estaba en una travesía de la calle La Paz”. Juan Perpiñá recordaba y me contaba cómo el concejal Rodeles “tomaba muy buena nota de todo en una libreta que llevaba con él, especialmente del pregón y de la ofrenda de flores a la Verge dels Desamparats”, siendo este acto el que más le impresionó. Tan fue así que volvió a Zaragoza decidido a celebrarlo en la capital aragonesa en honor de la Virgen del Pilar.


En Valencia existía una red de agrupaciones (los casals falleros) con los que que en Zaragoza no se contaba. Juan relataba cómo le hicieron ver ese detalle y lo consciente que era de ello, un inconveniente de difícil solución. Hay que tener en cuenta que en Valencia había más de 600 agrupaciones, lo que sumaba miles de personas que le daban a la ofrenda una vistosidad que aquí sería muy difícil lograr. Eso era un inconveniente que se trató durante meses, pues no había posibilidad de organizar una ofrenda de las dimensiones de la valenciana dada la inexistencia de una red humana que hiciera posible el acto.

Rodeles era, a la sazón, delegado nacional de Educación y Descanso, una organización de tipo cultural y recreativo, dependiente de la Organización Sindical Española, que existió entre 1939 y 1977. EyD estaba dedicada a promover y realizar todo tipo de actividades artísticas, culturales y deportivas por parte de los trabajadores. Era la solución. Rodeles contaba con la posibilidad de movilizar a decenas de agrupaciones regionales que le podrían dar  vistosidad a la ofrenda de flores con su presencia. Aun así, no dio tiempo a organizar la ofrenda en las fiestas de 1957, por lo que hubo esperar al año siguiente, 1958, para celebrar la primera considerada como tal.

Juan, mi suegro, como miembro de la Junta Directiva de la Casa de Valencia, me contaba cómo colaboraron en la organización de esa primera ofrenda. Que también tuvo un papel importante en la primera ofrenda la Casa de Andalucía. Que vinieron agrupaciones regionales de toda España. Recordaba con especial agrado a la de Canarias, con cuyos componentes disfrutó de unos días inolvidables. Que se repartieron decenas y decenas de ramos de claveles (20.000) con cargo al Ayuntamiento. Y que aquella primera edición contó con más espectadores que participantes, lo que no fue un obstáculo para que la idea creciese año tras año.

Manuel Rodeles fue el impulsor, así, de lo que hoy es el acto central de las Fiestas del Pilar (los Pilares) y a su desarrollo contribuyó también, de manera decisiva, Antonio Beltrán Martínez, insigne historiador, arqueólogo, experto mundial en arte prehistórico y difusor cultural de primer orden. Y unidos lograron que se consiguiese celebrar aquella primera ofrenda de flores que “Heraldo de Aragón” relató como sigue en su edición del 14 de octubre de 1958:

"En el altar situado en el centro de la fachada principal de la basílica se había colocado una imagen monumental de Nuestra Señora, cuyo manto se fue llenando de flores llegadas de todas las regiones de España y tejidas con admirable habilidad por técnicos en esta tarea, que se mostraron verdaderos artistas. El manto y el altar quedaron rápidamente cubiertos. En el desfile, que fue presenciado por muchos miles de personas apiñadas en la plaza de las catedrales, llegaron en primer término los ramos de nuestras escuelas con primorosos cestos de flores. Después, muchas señoritas ataviadas con los trajes regionales de ceremonia más típicos subieron al altar de dos en dos para ir volcando sus canastillas y ramilletes de flores a los pies de la Virgen. Había en estos grupos representaciones de Castilla, Levante, Cataluña, Andalucía, Galicia, Vascongadas y Aragón, de las tres provincias y de todos los barrios de la ciudad. El desfile, verdaderamente animado, e interesante, causó una gran impresión en el público que lo presenciaba, considerándolo como uno de los festejos más acertados del programa del día principal de la fiestas. Puede decirse que participaron en la Ofrenda más de dos mil muchachas, bellísima presencia de todas las regiones de España en nuestras Fiestas del Pilar".

Y para que quede constancia de la memoria de mi muy querido Juan Perpiñá, mi suegro, aquí lo dejo escrito como testimonio personal, signo de unos tiempos que fueron la juventud de mis mayores, germen de lo que somos y reconocimiento a los sueños de una generación que vivió como supo porque de eso se trataba.  Porque ese es su legado.

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domingo, 4 de octubre de 2020

A nueve años del último abrazo de Juan Perpiñá (2020)

 

   ¿Sabes, Juan? Hoy la tarde es más próxima que nunca. Más que la misma tarde que nos dejaste, que decidiste depositar a un lado del camino tu sonrisa sempiterna, tu voz cómplice. Hoy la tarde, nueve años después, se me hace tibia y más extraña que nunca. Me crees, ¿verdad?

   Nueve años, Juan. Nueve párrafos inolvidables que me siento capaz de escribir con la ayuda de tu Maruja, que ya emprendió, valiente, el viaje que la lleva hasta ti, hasta todos. Y aunque sigue siendo la misma luz, aunque sigo mirando por la misma ventana por la que entraron los rayos de tu presencia, no me acostumbro a la costumbre.

   Permanece a mi lado el mismo amor que tú conociste. Con el gesto dulce de la primera vez, con el tacto tierno del mismo sol que nos recuerda que no te vas de nosotros. Y eso que últimamente hay más silencios en nuestros pasos, que esta negrura que no imagina cubre nuestros días. Aun así, aquí seguimos, creyendo en la esperanza que tú cultivaste cada día y cuyo aroma no enseñaste a cuidar.

   Sigue el mar inquieto. Siguen las orillas infinitas acogiendo las tenues olas que duermen  nuestro Levante amado. Eso no cambia, Juan. Será que cada vez sois más los guardianes de la húmeda luz que te vio nacer, la que te recibió para mecer la vida que nos regalaste. Y porque después de todo esta vida que nos queda nos invita a la caricia robada, ahora que no es posible discutirle al amor su ausencia. 

   Ahí sigue nuestra Valencia, arrobada en la brisa que nos baña. Ahí permanecen las melodías eternas que tú hiciste armonía en cada encuentro, como para advertirle a la vida que en ti tenía a su mejor valedor. Y sembrar en la atmósfera compartida el amor al amor. Estoy seguro que allí hemos de volver, al horizonte imaginado, a la huerta de la conversación cultivada con emoción, con pasión, con el vigor del marinero que no fuiste pero fingiste ser.

   Hoy, a nueve años de tu último abrazo, siguen quedando cosas que decirnos, pero también hemos aprendido a traspasar los breves muros de la ausencia. Como siempre poco antes de las Fiestas del Pilar, esas a las que ayudaste a crecer desde vuestra Casa de Valencia. Como siempre, en vísperas de volver a escuchar tus relatos ricos por humanos.

  Hoy el xiquet, "Jaime mío" le decías, ¿ te acuerdas?, sigue haciendo profundo el camino elegido, cerca siempre de las playas de la verdad buscada. Y seguro estoy de vuestro encuentro diario, porque aunque no acierto a explicarlo, en la carne de cada día encuentro mil huellas que calman tormentas inesperadas. Y sé que sigues a su lado, hablándole mientras le hablas, mirándole mientras le miras. Y recorriendo junto a él los senderos elegidos, como tú. Porque como tu, decidió elegir que la vida es elegir y que ser valiente es combatir el miedo sabiendo que nos faltan respuestas pero nunca preguntas, que ellas nos alimentan. Como tu voz, como tu alegría de vivir. 

   Vuelve a ser tarde de otoño y vuelvo a beberme las lágrimas que me confortan, como si fuese espuma de mar de crepúsculo. ¡Qué lástima no oler la sal, ni el cielo, ni el viento de nuestro Mediterráneo! Pero puedo escuchar los colores rojizos de la cercana luna, que es puerto callado de la nave en la que navegas. Ojalá puedas leer esta carta que es parte del relato que compartimos tantas veces. Ojalá puedas comprender que no estoy triste aunque me cueste tragarme el llanto. Es solo que cada año, y van nueve, ya lo he dicho, nace este verso más azul, como tus ojos, como tu luz.

   Y a tu amigo, ese que tienes a tu lado y que sonríe con la piel cuarteada por la verdad de su verdad, dile que cada día escucho más nítida su voz, que cada día distingo más limpio el paisaje que habitáis. Os tengo a mi lado, en mi memoria, en el amor que nos regaláis. Te tenemos a nuestro lado, Juan querido.   

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domingo, 13 de septiembre de 2020

Joaquín Carbonell, el acorde habitado

   En octubre 2010, Joaquín Carbonell actuó en Alcorisa con motivo de los Encuentros con la Historia en torno a La Transición. Escribí este texto para presentarlo y agradecer su cariñosa visita. Nos acompañó muchas veces, siempre cercano, siempre generoso, siempre nosotros. Siempre Joaquín.

   Hoy lo despedimos. Él nos quiso dar el mar. Nosotros recogimos su compromiso, su poesía, sus melodías infinitas. Aragón tiene hoy el corazón más grande porque en él vivirá siempre.


José Daniel, el poema inacabado

   (En octubre de 2009 murió prematuramente mi compañero y amigo José Daniel Gil. La vida me empujó a escribirle este doloroso texto que publiqué en BALCEI

   Ayer vi tu voz. No supe escuchar a quienes hablaban de tu dolor, porque en realidad también era el nuestro. Y así fuimos quemando el aire que cada vez llegaba con menos frescura, con más tristeza en sus alas.

   La vida que ahora ha doblado la esquina de tu futuro no entendió que aún tenías muchas palabras que regalar, mucho esfuerzo que entregar, mucho afecto que compartir. No comprendió que todavía quedaba (...)



jueves, 23 de enero de 2020

Maruja, verso sol, verso amor


   Me ha llamado el mar, María, madre, yaya. Me dice que las olas hoy brillan más, que el horizonte se ha ensanchado y que cada caricia de arena nos invita a escuchar la paz que le has regalado con tu llegada. Me ha llamado el mar y me propone acoger la melodía de tu voz cuando se asombra por disfrutar de la fortuna de tu presencia.
   Se veía lejos este viaje y no llegamos a imaginar el minuto después de tu marcha. Ahora que todo es cierto nos disponemos a aprender de la vida todo lo que nos enseñaste. Con tu ser, con tu amor, con tu palabra, con tu mirada limpia sin final. Contigo siempre, cada vez que miramos a los ojos del sol sentimos tu calor. A su amparo hemos crecido y cada rayo ha sido un abrazo tuyo de madre que sabe ser madre.

   Volveremos a ti y en tu sonrisa clara nos quedaremos a soñar. Sabremos interpretar cada presencia y el rumor de tu voz color pólvora nos sirve para prender la llama del mañana. Sabes que cada día estarás en nosotros. Ya lo estás. Cada día, cada noche, cuando llegue el momento de decidir no verte porque ahora navegas sobre cielos callados.
   Hoy te decimos, madre amor, que te sabemos nuestra y por eso cada día será más luminoso que el anterior. Sabe el viento de sal que respiraste de niña que en sus alas navegaremos por siempre y en tu Valencia amada recogeremos nuestros sueños, reunidos alrededor de la melodía de tu voz. Porque  en la risa cristal con sabor a romero encontraremos la calma de las calles de tu Portal de Valldigna. Lo harán tus hijas, a quienes envolviste con tu entrega ensanchada por el día a día infinito. Lo hará tu Jaime, horizonte cercano de tu devoción y que ahora captura con las lentes del futuro la luz de Levante y siempre será tu chico. Y lo hará el mañana que no se acaba. En él te esperamos. Hacia él caminamos, seducidos por tu mirada inolvidable.
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martes, 21 de enero de 2020

Piel de olivo

Los primeros olivos dibujaban en el aire un mapa de historias que olían a perfume de recreo. Justo cuando la vía doblaba su espalda para encarar la ermita de San Lorenzo. En ese momento no podía evitar que una sonrisa me invitase a acercar mi mejila a la ventana del vagón de madera y aceite que me llevaba a Alcalá. 
   Me gustaba regresar a casa a bordo de ese tren, pero lo que más me gustaba era soñar que en el andén me esperabas tú. Te descubría envuelta en tu sonrisa y procuraba imaginar el primer abrazo. Con él,  el cosquilleo del encuentro, aunque confieso que lo que anhelaba de verdad era el paseo por la rambla del Júcar en pleno atardecer invernal. Luego, tu beso furtivo a la luz de la noche.
   Hoy, cuando acaricio mi recuerdo, me acerco a la verdad. ¿Sé que nunca hubo tren, ni regreso, ni miradas asomadas al balcón del paisaje?. ¿Sé que ese sueño, ese tren esperanza, murió antes de poder morir?.
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Creado a partir de la obra en http://mequedaelmar.blogspot.com.

jueves, 16 de enero de 2020

Antonio, hace dos años fuiste alma

He querido esperar al sol, Antonio, papá, yayo. Bajo su luz escribo mejor, siento más cerca la lejanía de los días queridos y encuentro más cálidas las palabras precisas para recordarte. En esta tarde de invierno piel madera elijo el brillo del agua querida para decirte lo mucho que te añoramos. Y con el reflejo transparente me quedo a dormir junto a las laderas de tu sonrisa, que se apagó como el atardecer de la juventud pero que aún nos sirve de compañera de todos los viajes que nos quedan por hacer.
Sería suficiente si en esta página blanca que guardo desde aquella mañana, ahora son dos años, supiera esculpir el poema definitivo que todo emigrante quiere escribir. El de la niñez que mece nuestra vida, el de los pasos nunca perdidos porque siempre nos llevaron a lugares sospechados y luego amados. Lo intento y surgen mil líneas del horizonte, como cuando surcabas las olas con brazadas de vida plena. Sabes y sabemos que en esas aguas bravas que calmabas con tu presencia siguen viviendo los deseos de darlos el amor que tantas veces buscaste en los demás. Y con él nos quedamos.
Hoy, papá, hace dos años que fuiste alma. Otra vez, como tantas veces serán hasta el final, te escribo esta carta blanca y eterna con la que te cuento que seguimos juntos, como tú quisiste. Y en esa unión está tu legado, tu voluntad de que viéramos crecer a tu Jaime y acompañásemos el paso del tiempo con una misma mirada. Créeme cuando te digo que no hay día que no hagamos verdad de ese deseo, por ti y por todo el amor que nos diste.
   Hoy volvemos la vista adelante, como nos enseñaste, como aprendimos. Y cada brizna de futuro nos habla de camino. Porque la ausencia es una llamada al amor y en los brazos de tu memoria nos cobijamos para hacer de este día un canto a la vida. Los que caminamos mientras escuchamos tu voz rota cantando la copla que te enamoró y evita que la ausencia  sea dolor, sino llamarada de amor. 
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lunes, 16 de diciembre de 2019

Voy a abrir esa noche que escribiste en tu espalda

   Voy a abrir esa noche que escribiste en tu espalda. Tuvo la culpa el olor del agua de un río que anudé a cada momento que vivimos para crecernos, cuando éramos niños que empujaban a la vida. Aquella mañana crucé la vía que partía en dos el alma de mi barrio. Lo hice para saber qué había al otro lado de las traviesas, para encontrar el perfume de una niña que me agitaba el corazón cada vez que me miraba. Vivía al final de la cuesta, en una de esas calles de Oliver que morían, todas y cada una, en el pasillo del ferrocarril que nacía en la estación del Norte. Y mi afán era espiarla, verla salir de su casa y sospechar que no era nadie para ella, aunque ella lo era todo para mí. Luego, cuando giraba su cara pecotosa y encontraba mis ojos curiosos y huérfanos, me sonreía, para romper el sendero que unía mi amor por ella con un simple encuentro.

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viernes, 15 de noviembre de 2019

Pasos

   Recuerdo encontrarme mirando a través del amplio ventanal del Gran Café. Recuerdo que el Paseo de la Independencia me pareció joven y atractivo. Sentí unas calles osadas que sitúan el límite entre el miedo y el deseo como sólo el anhelo puede decidir si te amo o me desprecias. Un Paseo luminoso, con brillo de atardecer, de sol invernal que atrapa en lo que anuncia. 
   Recuerdo haber adivinado a una pareja besándose con tímida violencia, la que nos ofrece el deseo que nace. Entonces una punzada como de madera me hizo sentir otra vez la acabada fiereza de los abrazos de Javier. Fue un fogonazo, sólido, pero un golpe rojo en fin, que me dolió porque Javier, lo de Javier, no tenía que haber acabado así. Sé que todos creían en nuestro amor, porque así lo mostramos, casi exhibimos. Nuestras manos unidas construían versos en los caminos que recorríamos aquellas tardes del último verano. 
   Llegué a pensar que pasear cogidos de la mano era gesto de amor apagado, de sed calmada, nunca signo de pasión. Pero así lo viví. Lo pienso y un estremecimiento cristal recorre mi espalda. Ahora sé que un paseo siempre es la antesala del sudor compartido por el ímpetu de los besos.

viernes, 4 de octubre de 2019

A ocho años del último abrazo de Juan Perpiñá (2019)

¡Qué cerca, el mar, Juan! ¡Y qué lejos la tarde! Aquella que nos abriste los ojos mientras tú cerrabas tu mirada. Ese fue tu mensaje, el mismo que seguimos acariciando cuando el sol de octubre nos recuerda que sigues en nosotros cada día.

Puedes imaginar la melodía de Serrat mientras los dos, ella, tu ella, y yo paseamos nuestra pequeña libertad por la orilla del Mediterráneo. Y eso que no eran nuestras olas, ni nuestra luz, ni el perfume de nuestra Valencia amada. No lo eran por mucho que quieran asemejarse, pero lo que vive en nosotros, el aire que respiraste al nacer, al crecer, al amar, al conquistar, al darnos la vida, ese aire, querido Juan, no lo hay en ningún otro lugar del mundo. Por eso lo añoramos y lo necesitamos. Por eso seguimos queriendo regresar, a la terreta, al lloc en que el cielo se hace ser.
Hoy, a ocho años de tu último abrazo, aún nos quedan muchas cosas que decirnos. ¡Y mira que nos dijimos! ¡Y mira que nuestros encuentros siempre fueron un homenaje a la palabra!. Hoy, querido Juan, nuestros labios siguen respirando la misma luz que coronó tu despedida. Así ha sido cada otoño, así ha sido siempre. Y las voces de los niños, otros niños, los mismos niños, ¡quién sabe! Y es asomarme al balcón de tu sonrisa y reconocer cada luminoso rincón de tu memoria. En vísperas del Pilar, siempre es así. En vísperas de acoger el sonido de tu voz, tan clara y perceptible, tan rotunda y suave a la vez.
¿Recuerdas, Juan, que te hemos contado que el xiquet ha elegido el camino de la luz y la anchura del horizonte? Sí, sé que lo recuerdas. Y sé que sigues a su lado, hablándole mientras le miras, recorriendo junto a él cada camino que elige, cada sendero que lo elige a él. Porque la vida es elegir, decidir. Y andar y saber que aunque no sabemos si estamos juntos las respuestas, como las flores, nacen a cada instante. Y tú se lo enseñaste y él lo aprendió. Y en su vida estás tú. Y tu risa y tu alegría de vivir y tus sueños de un mundo más humano.
El mar, Juan. ¡Qué cerca! ¡Qué tuyo es el rumor de las olas! Esas sobre las que navega el alma de quienes os dirigisteis al infinito porque así lo quiso el cielo. Y por ser así, sabes que en la espuma del mañana nos encontraremos. Hoy, tarde roja, cálida, estimada es cuando escribo esta carta y la baño con tres lágrimas que me guardo no porque esté triste, sino porque son agua y sal, los dos versos impares que componen el poema que te escribo soñando con el azul de tus ojos, con el azul del mar.
¡Ah! Y dile al amigo que sonríe a tu lado que os escucho cada día cuando despedís el atardecer de la huerta. Me sé de memoria el paisaje que os acoge. Me sé de memoria el amor que nos regaláis. Me sé de memoria tu presencia eterna.
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lunes, 26 de agosto de 2019

Huele a viento

   La sangre acostumbra a galopar por caminos limpios y siempre abiertos. Así fue durante aquellos meses rojos que viví, recién cosidos los ochenta, en las calles que Madrid dispuso para acoger las olas nuevas de la libertad. Fueron días volcánicos en los que escribí versos vanidosos pero sinceros, dedicados siempre a las chicas que ocupaban mis sueños enfebrecidos en los que nunca vaciaba mi deseo, quizás por pudor, quizás por temor. Lo cierto es que viví en la ciudad de las noches luminosas aunque lejanas en las que el susurro de los besos añorados ocupaba el jergón de mis recuerdos.


   Crecí y maduré y una tarde encendí la llama de la memoria cuando mi padre me habló de Andrés, su padre. Me contó que era moreno de altura, bajito de mirada yfuerte de piel, que movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba lastardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Me dijo que eso le hacía dueño de una presencia ágil y estremecida y que sus manos las recordaba breves y escondidas.

   Creció en una casa grande, pobre y humillada, vaciada por la desgracia. Ahogado por la oscura desesperanza de quien no ha visto la luz de la justicia, mostró un agreste desacuerdo con su destino. Miró por última vez la llanura inacabada, la de los campos del Jiloca que parecen perfilar los cielos para dirigir nuestra fortuna gracias a los peirones, como el de Santo Domingo, el Perillán que guarda en su mirada una dulzura que le acompañaría más allá del llanto por la casa alejada.



   Marchó al país extraño, donde encontró un tajo áspero y mal pagado, pero al menos su espalda ya no tenía que sufrir el latigazo de la sospecha ni el mordisco de la amenaza. Trabajó como nadie lo había hecho antes, probablemente porque ningún hombre guardaba tanta ira en su corazón como él era capaz de acoger y enviaba acasa cada moneda fabricada con gotas de sal rabiosa. Esas gotas construyeron cada uno de los surcos que desde entonces dibujaron sus mejillas y cada una de las sonrisas apagadas que aguardaron el momento de volver a ser el mejor de los regalos para ese hijo que quedó amarrado al abrazo de la madre seca y rota. Ese hijo que ahora tenía ante mí contraído por las palabras deslumbradas que se incrustaron en mi mirada con la fuerza de la muerte: “Mi padre murió y nunca sabré dónde está su cuerpo”.


   Bebí el tiempo que me quedaba con la calma que me dio la mujer que decidí amar y los hijos que quise concebir. Sin embargo, no he conseguido encontrar las fuerzas necesarias para abrir la caja en la que guardo todas y cada de las cartas que ese hombre, cobarde y bravo a la vez, me ha ido enviando desde hace treinta años. El mismo hombre que permitió que su nombre se fundiese en las nieves invernales que cubrieron su recuerdo en las que me dice que el miedo a estar vivo le venció y que por tal temor renunció a la luz del amor.


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martes, 26 de febrero de 2019

Palmira Martínez, raíz y armonía

   Palmira Martínez nació para ayudarnos a comprender la vida. Cuando eligió estudiar Magisterio no podía imaginar que su vida iba a estar unida a su tierra, Teruel, y especialmente a la escuela rural. Desde sus comienzos, en Arcos de Salinas y Javaloyas, hasta sus últimos años como docente en el CRA Turia, concretamente en Villaespesa, Palmira creyó en la importancia del compromiso con la educación y lo hizo verdad a través de su entrega, su trabajo y su capacidad para estar cerca de los demás.  

De toda su carrera destacan, sin duda, los 20 años que trabajó y vivió, sí, vivió, en el CRIET de Alcorisa. En 1987 se incorporó al equipo docente de ese centro educativo, referencia rotunda de la escuela rural turolense, aragonesa y española. Junto a sus compañeros formó parte de un proyecto que trascendió a la pequeña localidad bajoaragonesa y en ella fue maestra, administradora y durante dos año, directora. Pero sobre todo, fue cálida educadora y cuidadora de aquellos niños y niñas que aprendieron a convivir con sus iguales y experimentar la riqueza del encuentro.


   Palmira contribuyó a que el CRIEt de Alcorisa fuese un centro dinamizador de la sociedad rural turolense, aglutinador de proyectos comunes y agente de acogida. Y de sus últimos años en el CRA Turia, en Villaespesa, nos quedamos con su suave y perseverante presencia que ha llevado a esa comunidad a disfrutar de experiencias reconocidas en varias premios y menciones de ámbito nacional.

   Y todo ello lo ha hecho de la manera más difícil: siendo un miembro de la comunidad educativa que destacado porque no destaca. Su sencillez ha sido su seña de identidad y la humildad, su gesto más reconocible. Por eso Palmira Martínez merece este reconocimiento, porque encarna a la perfección la belleza de alma de tantos y tantas maestros que han hecho del trabajo en las aulas rurales su forma de estar en el mundo.


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martes, 15 de enero de 2019

Antonio, hace un año fuiste alma

Hoy, Antonio, papá, yayo, ha amanecido suave y cielo. Hoy, como ayer, como hace un año, es azul la mañana, quieta. Parece distinta pero en realidad es la misma, que se ha hecho eterna para ti. No sabría decirle al viento qué me quedo de su melodía, pero como guardo tantas palabras tuyas seguro que encontraré la más exacta.
   Hay una luz amiga. Lo sé porque me ayuda a mirarte y reconozco todas y cada una de las sonrisas que nos regalaste cuando niños. En esa luz encuentro las mil razones para seguir viviendo en ti y mantener intacto el sonido de tu voz, madera y tierra bañada por el agua de nuestro inolvidable río.
¿Sabes? Cada día que hemos despertado sin ti ha sido una invitación a volver a tu mirada y la hemos recibido con la misma armonía con que aceptabas el encuentro. Así ha sido porque juntos aprendimos a celebrar la vida y así vamos a continuar, plenos en la vida que nos diste. Porque hoy, papá, debes saber que han nacido tantos deseos nuevos como gestos de amor guardamos. Que en cada ladera del Júcar hay un eco de tu paso por la vida y cuando volvamos a él, que volveremos porque también es nuestra casa, nos refugiaremos en el cristal de sus riberas. Allí estaremos para que nos cuentes de nuevo las historias de los sueños que pudiste cumplir y en los que nosotros fuimos siempre protagonistas.
Hoy es 15 de enero. Para siempre el día que fuiste alma. Para siempre el poema que supimos escribir y todos leeremos. Y cada verso servirá para hacer más ancho el futuro de los tuyos, sobre todo el de tu Jaime, con quien compartiste no solo el amor que te unió a él sino el color de tu Valencia querida. Quién sabe si cada imagen que él captura con el corazón no es un abrazo a la memoria de sus mayores. Quién sabe si no hablará el río eterno que besa tu Alcalá y se acuesta en el Mediterráneo de todos.
Hoy sabremos acompañar tu ausencia, pero debes saber que cada día te sentimos más cerca de la vida que nos regalaste. Porque la ausencia es una llamada al amor y en los brazos de tu memoria nos cobijamos para hacer de este día un canto a la vida.
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lunes, 5 de noviembre de 2018

Ya San Lorenzo te guarda

   «El regreso al hogar nos une a ti. Ya San Lorenzo te guarda». Estas palabras son de Carlos, tu pequeño, y las escribió poco después de cumplir tu sueño de volver a tu Alcalá del alma. ¡Si supieras cómo nos acompañó el cielo! No ha habido mañana más luminosa, no pudo haber un cielo más limpio. Tenía que ser. En la tierra que tanto amaste, al lado del río que tanto te amó. Y en la caricia de la luz que te hizo un ser noble, generoso. Ya, papá, duerme el agua de tu infancia. Ya puedes decir que siempre serás alma.

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A Ángel Gracia, maestro amanecer

Sí, querido Ángel. Sé que te acuerdas de aquel día en que una inspectora dijo ante los invitados a aquel acto: "Cuando llegué a vuestro...