Andrés era moreno de altura, bajito de mirada y fuerte de piel. Movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba las tardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Eso le hacía dueño de una presencia ágil y un tanto estremecida. Sus manos, ahora breves y escondidas, eran dueñas de una oculta sabiduría que nadie conocía pero que él convertiría con el paso de los días en un preciado tesoro, más preciado por más ignorado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
A Ángel Gracia, maestro amanecer
Sí, querido Ángel. Sé que te acuerdas de aquel día en que una inspectora dijo ante los invitados a aquel acto: "Cuando llegué a vuestro...
-
Sí, querido Ángel. Sé que te acuerdas de aquel día en que una inspectora dijo ante los invitados a aquel acto: "Cuando llegué a vuestro...
-
He conocido al rayo que besa y escrito los versos felices que te debía. He sentido cerca tu amor a la vida, y aprendido por qué nos quiere e...
-
(Octubre, 2021) Aquella tarde. Aquel silencio que nos acompañó durante todo el viaje y que resonaba en nuestros corazones como una tor...
No hay comentarios:
Publicar un comentario