jueves, 17 de febrero de 2011

Azar de lumbre

   Andrés era moreno de altura, bajito de mirada y fuerte de piel. Movía los ojos con la fluidez del agua de tormenta que acaba las tardes de verano, con la misma insolencia que los vientos azotan las mejillas de las doncellas. Eso le hacía dueño de una presencia ágil y un tanto estremecida. Sus manos, ahora breves y escondidas, eran dueñas de una oculta sabiduría que nadie conocía pero que él convertiría con el paso de los días en un preciado tesoro, más preciado por más ignorado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

A Ángel Gracia, maestro amanecer

Sí, querido Ángel. Sé que te acuerdas de aquel día en que una inspectora dijo ante los invitados a aquel acto: "Cuando llegué a vuestro...