que cuente los mil cuentos que soñaste.
Dile al cielo que te acompaña cada noche
que aún respiras la sonrisa de los niños.
Dile, Salva, mujer querida, a la mañana nueva
que amas los caminos que te invitan.
Aquí nos dejas la melodía añorada.
Con ella escribiremos un poema
y después lo cantaremos para recordar tu voz cálida.
Cómo evitar el calor de tus palabras.
Cómo impedir que navegues
el mar de afectos que nos has regalado.
Sería como inventar el horizonte,
como llegar al final del arco iris.
Tan imposible sería.
Hoy son tus manos libros anchos.
En cada una de sus páginas
hallamos esas preguntas
que contigo son casi respuestas.
Nosotros, lo sabrás, las hemos aceptado
con la emoción necesaria.
Con ellos, decía,
nos disponemos a extender la vida.
Como tú nos has enseñado,
como contigo hemos aprendido.
Ojalá sigan abiertos los amaneceres.
Ojalá te quede la certeza de que esta comunidad catalina
hoy es más comunidad
porque tu corazón nos mostró tanta luz.
Ojalá, Salva, mujer de principio a fin,
nunca crezca la hierba en el camino
entre tu corazón y nuestro anhelo de ser uno y todos.
Adiós, no.
Sosiega la despedida
y mantén el calor de nuestras vidas compartidas.
Aquí quedamos; allí seguimos viviendo juntos, Salva, mujer querida.
(Salva, maestra del CEIP «Catalina de Aragón», de Zaragoza)

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