El tipo este que se dice mi amigo seguía llenándome el vaso de un whisky grueso y
masticable que a saber a quién le había robado.
- Nada, Alfonso. De irse a dormir, nada. Tú y yo nos ventilamos esta botellita de agua de fuego que Manitú ha puesto en mis manos y de aquí, al cielo, o sea, a La Muela, que me han dicho que tiene unos amaneceres cojonudos.
- Sí, cojonudos. Como los amaneceres en Vietnam…
La verdad, no sé por qué utilicé una comparación tan estúpida, pero cuando la hice creo que incluso pensé que era genial.
- Bueno, lo de Vietnam no lo sé, que yo por allí he estado poco, pero sí te puedo asegurar que con esta película nos vamos a forrar. Lo huelo, tío.
Lo huele, dice. Acabamos compasivamente aquellos tragos que ningún condenado a muerte habría aceptado ni como última gracia y subimos al coche. Cuando llegamos había por lo menos quince camiones en aquel páramo dejado de la mano de los vientos. Los camiones se revolvían sobre sí mismos como dinosaurios en celo. Bien, seguía por territorios nefastos, si de vena poética hablamos. “Esto marcha”, supongo que pensé.
Imagino que me miran, pero yo fumo. Imagino que me miran y se preguntan si estoy gilipollas, si pienso tenerlos ahí todo el día. “Para esto”, seguro que piensan, “no hacía falta coger la carretera de Madrid a las cinco de la mañana y arañar la niebla de la carretera de Madrid para romperse las cejas contra el muro gris que dibuja el amanecer...”. Esas palabras no son suyas, claro. Las pongo yo con las pocas fuerzas que me quedan y con los tres gramos de poesía que aún conservo aquí dentro. O de ñoñez, no sé.
Ellos no saben. Son unos gañanes que sólo aspiran a trabajar en algo que les permite conocer mundo, porque son incapaces de conocerse, y con lo cual de vez en cuando pueden acercarse a una tía y meterle mano mientras le susurran que ya se han tirado a varias actrices famosas, aunque ellas nunca lo dirán, “ya sabes, se juegan mucho, pero conmigo se lo pasaron de muerte”. Lo que ellos no saben es que yo sé que me miran.
Hace tres días que firmé todo por mucho, pero apenas tengo espacio para mirarme. Hoy hay que darle la primera vuelta a la manivela de esa maldita cámara y no sé dónde he puesto mi dignidad. Rebusco en mis labios, pero sólo surge humo y desprecio. Labios fueron los que la besaron y los que siguieron la ruta de su cuerpo cuando aún había mundo y vida y amor, pero ahora son dos legajos de piel, quemados por el silencio, secos por el horror que supone saber que nunca más la veré, aunque esta misma mañana llegará y nos dirá, magnífica en mi dolor, “hola, muchachos: ¿por dónde empezamos”?. ¡Dios! Creo que lloraré mi estupidez delante de todos estos mamones, y eso será el final.
Hace una semana colgaba mi cielo en sus ojos, mientras juraba que el viaje a París sería lo último que habría deseado Ingrid Bergman. “Lo de Bogart es una chorrada. Ninguna mujer rompe la bragueta de un tío para luego decirle que no pudo ir porque un montón de utopías no le habían dejado”. Eso te lo dice una mujer mientras cortas el viento del deseo y todo te da igual. Te lo dice y matas a tu madre si te lo pide. Con sólo un rumor de su boca. Con ella, sí. Y mientras, doblas la mañana en dos porque la gente se engarza en tu nuca, pues paseas por sus miserias del brazo de la mujer más soñada del país.
Los hotelitos de París son un topicazo, pero si debajo de tu cuerpo se enredan dos piernas como las suyas, te aseguro que meriendas tópicos y le das al mundo una rebanada de tu placer para que se calle y te deje volar en paz. Yo no sé la de botellas de sexo que descorchamos aquella semana. Nunca imaginé que podía ser posible semejante selva de amor: por la mañana, su pelo; por la tarde, su olor; por la noche, el calor del vacío que dejaba la sola sensación de imaginar que eso podía acabar. Y ella, semántica, decía que me quería.
Lo mejor de todo era ver la sonrisa ovalada del dueño del hotel, que cada vez que yo cruzaba el hall, probablemente para ir en busca de luz o de ausencia que me obligara a regresar, o tabaco, no sé, me saludaba con una pequeña inclinación, en claro homenaje a la complicidad. Me daba igual, la verdad: eran tan intensos los minutos que se alojaban en mis manos que un sencillo gesto de desaprobación habría significado mi más rotunda victoria. Y así hasta volver.
Llorar mi estupidez. Eso ya lo he escrito, ¿verdad?. Sí, ningún otro desaliñado amante habría sido capaz de unir semejantes palabras. Por eso, cuando vi cómo el coche en que viajaba se acercaba a la zona acotada por el equipo de rodaje, me pareció que sus neumáticos me gruñían algo. Tal vez lo escuché: “¡Hola, capullo! Aquí estamos, tal y como acordamos. Y a ver si esta vez te enrollas bien y no la liamos, ¿vale?”. Vale. Tú mandas. Al fin y al cabo, a esta banda no les importa demasiado lo que tú y yo hayamos susurrado al oído del otro mientras lanzábamos nuestra voz al techo de aquella habitación. Al fin y al cabo, yo ya he hecho suficiente el idiota, sabiendo que aquello no tenía una luz al final de pasillo, sino negras palabras de olvido.
¿Y bien, querido? ¿Cómo estás?
Eso sí; eso lo hacía muy bien. Llegar y besar mi boca como si fuera el más jugoso manjar mientras con la mano me sujetaba el pelo, tal se tratase del último peldaño antes del infierno.
- Bien, estoy bien. Has llegado muy puntual. Los chicos estarán contentos.
- Los chicos están contentos siempre que me ven. Les habría dado igual si hubiese tardado un par de horas. Casi todos están empalmados sólo con pensar que voy a llegar. Y, la verdad, tiene su mérito, con el frío que hace en este puto páramo.
Ese rojo que se asienta con desdén en sus mejillas...
- ¡Caray, Elena! Por lo que veo, han dado resultado las lecciones de delicadeza que te da ese patán al que te tiras últimamente.
No era yo quien decía eso. Algún diablillo sin mucho que hacer se había colado en mí y escupía semejante puñalada. Pero con poca fortuna, la verdad.
- Ese patán al que, efectivamente, me estoy tirando últimamente, me sube al cielo cada vez que me pone la mano encima, y eso, querido, es algo que no puedo decir después de haber arrugado unas cuantas sábanas contigo.
En efecto, los chicos estaban contentos. Mejor. Si el trabajo había que hacerlo bajo aquellas condiciones, era preferible que hubiese una buena razón para estar allí, y esa razón, creo, se llamaba Elena. Comenzamos a movernos. Situamos las cámaras, dimos unos cuantos paseos por el puto páramo (sí, Elena lo había descrito muy bien) y decidimos ensayar algunos movimientos. Eso lo hacía como las reinas: situarse, comerse el personaje y luego mostrarlo a los que allí nos encontrábamos absoluto de verdad, como si ella lo hubiera engendrado y, también, sólo ella tuviera derecho a darle vida.
Comenzó a vivir en la piel de Nuria, una mujer a la que acaban de descubrirle el cuerpo calcinado de su hijo y tiene que decirle a la juez que, en efecto, es él. Pocas veces tanta madre se ofreció a tanta muerte cuando la mujer que lo representa había negado la posibilidad de tener hijos. Y aquello de lo que Elena se había vanagloriado dejó de tener sentido. Ningún hombre de los que allí estaban hizo alarde de virilidad. No era a sexo a lo que allí olía, sino a pura vida. Claridad de mañana, concilio de alientos. Y todo eso pude comprobarlo a partir de aquella misma noche.
La cena había sido un borrascoso momento de encuentros. Los muchachos (a ella le gustaba utilizar esa expresión, muy de película americana) habían estado magníficos, y ella había cumplido ese ritual para el que había nacido. Completar los buzones del deseo de toda aquella caterva de tipos sedientos parecía ser su cometido cuando no era Nuria, la madre muerta por la muerte. Elena era el personaje amenazado por la explosión de júbilo de macho que ella se preocupaba de alimentar con fácil eficacia. Y lo demás era fácil de suponer. Un hombre en su cama era lo menos que podía ocurrir, y por su habitación pasó esa noche el mejor ejemplar del grupo: Alfredo.
Moreno, henchido de fuerza y deseo, logró metas soñadas por todos los que en aquella ceremonia iniciática habían tenido el honor de tomar parte. Él no lo sé, pero Elena había procurado que aquello trascendiese entre el equipo, de modo que la mañana siguiente fue una sonrisa común por el triunfo de ambos amantes, bellos animales que se merecen el uno al otro por mandato natural. Ni ella lo explicó ni su cuerpo lo negó, así que la madre, Nuria, penetró de nuevo en nuestras vidas cuando la manivela, oportuna, giró a una orden mía.
Las otras noches fueron una sucesión de alientos fundidos, pero ya no sólo Alfredo. Otros fueron comprobando que aquel cuerpo, que por el día desgarraba nuestras conciencias con su interpretación de la madre muerta por la muerte, podía hacer chirriar la cúpula del firmamento con sus bocanadas de amor. Otros; nunca yo. Mi voz se secaba cuando hablaba y gritaba cuando callaba. Yo sé que los abrazos que dedicaba a otros hombres y los besos que ofrecía a otros besos llevaban un mensaje directo a mi corazón, pero nunca surgió de mi mirada ni el más leve reproche. No tuve valor ni dignidad.
¿Demasiado trabajo?
Nunca es demasiado trabajo cuando tú estás en el proyecto, ya lo sabes.
No había amargura en mis palabras, sino sincera admiración.
Hablas como un profesional, y eso no me gusta.
Se había acercado con brutal elegancia. El cigarrillo que yo sostenía en mi mano derecha pasó a su boca con una suavidad punteada de afecto, pero eso, lo del afecto, nunca lo reconocería. Ni yo lo desearía.
- Estamos trabajando juntos, Elena. No me pidas que te hable con otra intención. No estaría bien. Y te estoy hablando de verdad: estoy muy satisfecho de cómo va todo. Y producción, también.
- No es cuestión de lo que está bien o está mal. Ni de lo que les parece a esos gilipollas de producción. Se trata de lo que nos gusta. A mí no me gusta que me trates sólo como a una actriz y a ti…¡bueno! No es tu estilo, ya sabes…
Elena tenía eso: ella marcaba el territorio y decidía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Lo cual, en aquel momento, me venía muy bien.
Sí, ya lo sé. Pero no pretenderás lo que yo no pretendo, ¿verdad?
- No lo sé. Todo depende: ¿es verdad eso de que estás satisfecho de cómo va…todo?.
Su carcajada sonó al tiempo que mi teléfono móvil. ¿Quién dijo que estos malditos cacharros son la perdición? A mí me acababa de salvar de mi más completa humillación.
La carcajada. Si no hubiera sido porque aquella noche escuché de nuevo sus voces de amor rebotar en las paredes de mi roulotte, habría sido lo último que habría escuchado de su boca. Una carcajada hiriente, afilada en cada una de sus aristas. Aún se esconde en mi memoria y asoma sus orejas cada vez que recuerdo el momento en que unos enérgicos golpes en la puerta me despertaron aquella mañana. La lluvia caía con rabia. El ruido que producía me impidió oírlos al principio. Cuando desperté, unas voces me invitaban a abrir. Lo hice un tanto aturdido. Había dormido muy mal y aún resonaban en mi cabeza las risas y los requerimientos de Elena a su amante. Y la música. Pero nada más.
¿Es usted Alfonso Larruga? Nos gustaría hacerle algunas preguntas.
El arma homicida había sido un objeto contundente. Un martillo, tal vez. Dos golpes habían bastado para acabar con ella. No había señales de lucha, ni parecía faltar nada: no había cajones abiertos, ni objetos desparramados, ni la cerradura estaba rota. Cualquier novato policía habría llegado a la misma conclusión: el homicida era alguien muy cercano a Elena y, posiblemente, ella misma le había abierto la puerta. Pero no encajaba ninguno de los datos de que disponían los investigadores. El equipo estaba destrozado y aquello pintaba muy mal.
- Vamos, Alfonso. Tú tienes que saber algo que nos ayude a solucionar esto. La prensa, ya sabes. Pronto estarán aquí todos esos tipos y comenzarán a elaborar historias que difícilmente podremos parar. Tiene que haber alguna explicación que tu puedas ofrecer.
- ¡Joder, Javier! ¡Tú sabes lo mucho que significaba Elena para mí! ¿Cómo puedes imaginar que yo estoy ahora en disposición de encontrar una explicación a esto? ¿No te parece que ya hay suficiente mierda como para que tu mayor preocupación sea la puta prensa?
- No lo sé, tío. Pero me parece que yo buscaría al asesino de mi hermana debajo de las piedras. ¿Tú no?

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