Este desierto que acabo de atravesar se me antoja demasiado largo y doloroso como
para compartirlo con nadie. Hace unas horas que nos hemos despedido para siempre de
nuestro querido amigo José Daniel y parece que nunca hubiera sido noche, que nunca
hubiera nacido la nube negra que consumió su corazón, que nunca el cuchillo de los
sueños miserables se hubiera atrevido a asomar su afilado mensaje. Este desierto no es
urgente, pero nos aprisiona con su espejo opaco en el que refleja su soledad y, en tanto
provenimos de horizontes parecidos, decidimos vivir este exilio común.
Hoy es viernes y por costumbre teníamos desearnos lo mejor para el fin de semana. Él
desde su pasión por su Andorra y su devoción por el Madrid. Yo, desde mi abismo
irrenunciable en el que decidí hace tiempo instalar mi zaragocismo, pues ese fue mi
deseo y mi destino. Por eso buscaré la calma que su recuerdo me propone, pues imagino
que es un hermoso sendero el que nos queda por recorrer. Eso y lo que la vida, la suya y
la nuestra, ha guardado para todos.
Ahora atardece y es momento de escuchar a quien hace de las palabras su vida y su
camino. Dentro de una hora Ignacio Martínez de Pisón va a ofrecer en Alcorisa una
conferencia sobre literatura y II República. Sé que me emocionaré escuchándole y sé que
podré hablar con él de héroes aniquilados, futuros rotos y amores olvidados. Y de nuestro
Real Zaragoza, pues también sé que en su corazón anida el mismo león azul que a ti,
amable lector, y a mí nos hace sentir el orgullo de ser zaragocistas.
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