Aquel julio de 1937 se nos mostró como un amante tozudo. Los bombarderos HS-123 cubrieron las tierras del Campo de Bello con la gallardía propia de los ejércitos orgullosos a la sombra de sus estandartes. Se dispusieron durante meses a la batalla que las colinas de Teruel reclamaban con un anhelo triste. Tan triste que hasta las nubes parecían detenerse con el afán de no llegar nunca al destino.
En aquellas rojizas tardes, contemplaba la esperanza irse y la miseria regresar. En algún momento supe decirme, con toda la compasión que era capaz de ofrecerme, que aquellos caminos no se merecían el agrio olor de la gasolina de los aviones. Tampoco las letales melodías de los motores roncos, ni las herrumbrosas letanías de los mandos. No aquellos caminos, los que sujetan en sus pupilas los enhiestos peirones, en ocasiones enjutos, casi siempre audaces, como corresponde a un pardal en cálidos amores. Nunca mis caminos, los que Bello dibujó para andar nuestra ventura en dirección a Tornos y sopesar en el de las Ánimas las almas de los muertos. Jamás mis veredas, las que Bello perfiló para dirigir nuestra fortuna a Las Cuerlas acariciando con afecto de corazón temprano el de Santo Domingo, el Perillán que guarda en su mirada una dulzura que me acompañaría más allá del llanto por la casa cerrada.
Foto: Jaime Perpinyà


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