domingo, 6 de diciembre de 2020

El campo del aire (III)

No lo merecieron los caminos, pero la sangre fue más roja que la fuerza de la vida y el cielo se transformó en un valle por el que discurrían las voces de la guerra. Aquellos bombarderos trazaron estelas que señalaban con arrogancia su punto de llegada. Sus pilotos, a su regreso, bajaban a tierra con el brío propio del jinete que ha logrado sujetar la brida del corcel más rebelde. Así los vi siempre, desde la primera vez.

Recuerdo sus carcajadas, la violencia de su alegría, copiosa como un gran banquete reservado a los dioses. Y su lenguaje, musical como la carcajada de un niño pequeño. Sus uniformes, brillantes y fieros; sus cuerpos, desafiantes y jugosos, y sus nombres, armoniosos y repletos de melódicas vocales. Luigi, Stefano, Andrea, Luciano.

Pasaron delante del grupo de niñas casi mujeres (o mujeres aún niñas) que, asombradas, contemplamos el paseo de aquel grupo con las bocas abiertas y los ojos entornados. No era temor, pero un río interior recorrió nuestro ánimo dejándonos una sensación extraña, mezcla de admiración y horror.

Vimos cómo se dirigían a la fonda acompañados de Don Humberto, cuya fortuna había servido, con toda seguridad, para convertirle en el anfitrión perfecto. Les vimos entrar, escuchamos sus prósperas carcajadas y comprendimos que aquellos combatientes, hijos de Mussolini y nietos de áureos emperadores, iban a ser nuestros eximios huéspedes durante un tiempo que aún estaba por venir.

Foto: Jaime Perpinyà 

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