Hace frío. Hay un viento insuficiente ahí afuera que se ayuda del sol para limpiar la tristeza. Porque hace tiempo que nos faltan sonrisas. La tuya, Antonio, papá, yayo, la más necesaria. Pero también la de un mundo que no habrías comprendido.
Hace frío y solo pensar en el color de tus ojos color madera una poesía aún no escrita nos ofrece su rima y su melodía. Aún así, aunque el corazón del mundo se oculte tras los muros inciertos que nos aprisionan, tú sabes que te sentimos muy cerca, tan a nuestro lado que tu memoria cada día es más aliada.
Me queda la luz de la tarde, la misma que abrazaste la última vez que nos hablamos. Cuando volvíamos a casa, ¿te acuerdas?, y hablamos de celebrar la alegría que sentías porque era nuestro deber disfrutar de cada instante. Aquellos planes se apagaron en pocas horas pero lo que nunca morirá es la vida que compartimos, la que nos diste, la que nos hizo fuertes ante el final.
Han pasado muchas noches luminosas y nos quedan todos los días compañeros, así que cuenta con nuestra esperanza, la que nos entregaste como legado. Porque como cada 15 de enero el agua de tu Júcar sigue rodeando las riberas de tu infancia y esa es la razón de la única verdad que nos acompaña: seguir seguros al amparo del amor.
Muchas veces nos hablaste de mirar siempre hacia adelante, quizás porque el pasado a veces enmaraña la alegría y el dolor. No el nuestro, porque nuestro ayer se cobija en ti y tu mañana se aloja en nosotros. Será mediterráneo el futuro, el de tu Jaime, que prolonga los caminos que también tú recorriste. Y será imaginado el porvenir cuando encuentres la orilla que siempre añoraste. En ella te vemos sentado, mirando el horizonte cada vez más cercano.
Quédate la paz, guárdate la calma de las olas porque no hay ausencia cuando este día sigue siendo un abrazo a la vida. Porque seguimos escuchando, Antonio, papá, yayo, tu voz rota cantando una copla enamorada.


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